Autora: Ángeles del Castillo Aguas

sábado, 22 de diciembre de 2012

Añoro el abrazo...

De tus brazos el cálido aliento añoro
tanto como de tus manos el leve roce en mi piel.
Mi cuerpo se desvanecía entre tus brazos
suplicando la eternidad de ese momento efímero…
Mas, hundida hoy en mi anhelo,
sé que jamás tus brazos me mecerán
ni tus manos me susurrarán.
Los abrazos que entonces eran mi aliento
no son hoy más que imposibles ecos del pasado.

lunes, 17 de diciembre de 2012

Tristeza infinita

Hubiera querido llorar, gritar a pleno pulmón, huir, correr… pero mi cuerpo solo me dejó acercarme despacio, muy despacio, a mi hermano, cuya alma ya volaba hacia la eternidad, y darle un beso en la frente, el beso más tierno, el más inmensamente doloroso y dulce que jamás daré. 

Entonces, sin permiso, dos lágrimas resbalaron por mi cara…

domingo, 11 de noviembre de 2012

El reloj

Aquel año el cumpleaños de Carmen fue sorprendentemente diferente, su marido, con una gran sonrisa, le regaló un reloj de pulsera. 

Carmen no estaba acostumbrada a recibir regalos, ni siquiera el día de su cumpleaños. Su marido, tal vez por despiste o más probablemente por el desinterés que nace del hastío de la rutina y el desamor, solía olvidar su cumpleaños. Cada año, Carmen tenía la esperanza de que su marido se acordara de esa fecha y le sorprendiera con un inesperado detalle; no quería nada caro, era suficiente con un abrazo acompañado de una sonrisa, una tarjeta divertida… en fin… le bastaba con saber que se acordaba de ella. 

Pero año tras año, el único regalo que recibía Carmen eran sus propias lágrimas. Sus tristes y amargas lágrimas. Año tras año, ni durante el desayuno, ni a la tarde, ni siquiera aprovechando la tranquilidad de la noche, le había sorprendido su marido… Nada, nada, nada… solo un apático comentario: “Hoy es 2 de diciembre, ¿verdad? Felicidades, hoy es tu cumpleaños”. Sin más. 

Pero este año su sueño se había cumplido. 

Era aquel un precioso reloj, en cuya esfera jugaban al corro diminutas cabezas de alfiler que ella imaginó que fueran caballeros de plateada armadura que hubieran dado muerte a los números para ponerse en su lugar. 

Sin embargo, llegada la noche, al dejar su reloj sobre la mesita de noche, le invadió una inquietante ansiedad… como una espesa bruma que empañara su tan ansiado feliz cumpleaños. Cuando las campanas anunciaron la medianoche, Carmen, desvelada por un miedo irracional, tomó su reloj y lo observó aterrorizada: las agujas, ahora convertidas en espadas, avanzaban como en una marcial marcha, y a su paso iban derribando cada una de las pequeñas cabezas de alfiler… hasta que la esfera se quedó huérfana y… vacía. 

Carmen sintió, poco a poco, cómo se iban agotando sus últimos minutos de vida.


lunes, 5 de noviembre de 2012

El terrible caso de los objetos perdidos


Advertencia a los caballeros que se atrevan a leer esta historia: si por una extrañísima casualidad usted se identificara con el protagonista de las siguientes líneas, sepa que debe buscar ayuda inmediatamente para solucionar su problema antes de que sea… demasiado tarde.


“Ese día tenía algo de especial, pues mi mujer estaba de viaje y me había quedado solo en casa. ¡Dios, hacía al menos seis años que no me quedaba de Rodríguez…! Debía aprovechar la ocasión y disfrutar de la soledad, de la libertad, del aire, al menos durante unos días podría prescindir de los horarios… Suspiré tan satisfecho que pareciera que con mi aliento escaparan todas mis ataduras conyugales. 

Por la mañana, como cada día antes de salir de casa para ir al trabajo, fui a guardarme la cartera y las llaves del coche en el bolsillo del pantalón pero no las encontré; creía haberlas dejado encima del mueble del cuarto de baño, pero… ahí no estaban. Tal vez las dejé en otro sitio y ahora no lo recuerdo, pensé extrañado. Fui a la cocina después a por el portátil que había dejado la noche anterior y… cuál fue mi sorpresa cuando descubrí que… ¡tampoco estaba allí! Nervioso ante mi tremendo despiste, corrí al dormitorio a ponerme la corbata verde, mi preferida, y marcharme como fuera a la oficina, pues ya llagaba tarde. Busqué y rebusqué nerviosamente en el armario, recorrí con paso lento toda la gama cromática pero… definitivamente no encontré la corbata verde. Aquello me empezó a asustar seriamente y con mano temblorosa abrí muy despacio y con cierto temor la puerta del armario. El chirrido de los goznes me hizo sospechar lo peor… ¡Mi abrigo azul había desaparecido! Busqué, remiré, revolví, tiré, empujé todas las prendas… no estaba por ninguna parte…. Preso del terror, retrocedí, apoyé mi espalda contra la pared y poco a poco resbalé hasta hincar mis rodillas en el suelo… sentí el terror y el pánico apoderándose de mis facciones… Dejé entonces de ser un hombre y me convertí en un niño indefenso… y solo, muy solo…” 

Un ligero toque en el hombro me despertó de mi terrible pesadilla, y ante mí vi el angustiado rostro de mi marido. ¿Has visto mi corbata verde?, me dijo. El sobresalto del repentino despertar se tornó casi sin darme cuenta en una estruendosa carcajada que no pude reprimir: ¡Había soñado que estaba en la piel de mi marido una mañana cualquiera de un día cualquiera! 

jueves, 1 de noviembre de 2012

La sombra de un amor


Fue la sombra de un susurro de amor,
fue la sombra de un deseo,
es hoy la sombra de la soledad,
mas... como una sombra en silencio se desvanece
y será la sutil sombra del olvido.

lunes, 22 de octubre de 2012

Shambala: el milagro de las canas y los rizos

Aquella mañana desperté con la sensación de que sobre mí hubieran caído diez años, especialmente sobre mi larga y rizada melena, que ya no soportaba más el peso de las impertinentes raíces que delatan que el tiempo pasa para todos por igual. De modo que pedí cita en la peluquería que, según mi opinión, es lo más parecido al santuario francés de Lourdes, salvando las distancias, por supuesto.

Acudí esa misma tarde a Shambala con la esperanza de que borraran de mi cabeza esos incómodos años de más… Tras la bochornosa aunque a la vez divertida experiencia de posar como una auténtica “bruja” con el tinte en la cabeza para todo aquel que entrase en la peluquería, llegó la hora de quitar el ungüento de mi pelo. Cerré los ojos, decidida a disfrutar del suave masaje que Cris, mi paciente hacedora de milagros, me iba a regalar. Estupendo, aunque en algún momento me hizo recordar cuando, siendo yo niña, mi madre me restregaba las rodillas con el estropajo para retirar toda la suciedad acumulada a lo largo del día… tal vez en esos instantes Cris, embebida en sus pensamientos, recordaba alguna reciente riña con Iván, su “chico”.

Procedió después Cris al corte de pelo con una moderación que me sorprendió. De hecho, no pude resistir a la tentación de comentárselo: “Me has cortado muy poquito….”, y no bien hube terminado de decir estas palabras, Cris clavó su mirada en mí, y en sus ojos asomó un nervioso brillo de ansiedad y me repitió con inusitada y malévola insistencia: ¿Quieres que te corte más?, ¿te corto un poquito más…? He de reconocer que en ese momento sentí miedo.

Finalmente, llegó la hora del secador, ¡terrible artilugio ese furioso dragón escupefuego…! Armada de paciencia, pues la tarea se dilataría más de lo razonable, cerré los ojos y me dejé llevar por mis pensamientos, que me transportaron a la lejana civilización hindú, a la ciudad mágica de Shambala, paraíso eterno habitado por seres sabios e inmortales donde el hombre vive en armonía con la naturaleza… Inmersa en estas cavilaciones debió transcurrir bastante tiempo. El susurro de la laca sobre el pelo me sacó de mi ensoñación y entonces… de repente… ¡vi en el espejo el reflejo de una jovencita con una larga y oscura melena lisa! ¡Dios mío, no lo podía creer….! ¡Aquella chica era yo, era yo…!

Nerviosa ante aquel milagro que había desterrado las canas y los rizos de mi melena, tomé mi abrigo y me dispuse a salir de la peluquería, mas…. advertí que una brillante y clara luz invadía el salón; me di la vuelta despacio, muy despacio, y con mis propios ojos pude ver a Cris envuelta en un aura divina, semejante en su brillo a la de las vírgenes renacentistas… Tal vez, pensé, no haya sido solo un sueño.

jueves, 18 de octubre de 2012

Memorias del futuro

–No perdamos la perspectiva, yo ya estoy harta de decirlo, es lo único importante.

Doña Rosa va y viene por entre las mesas del Café Universal, intentando dar vida a una monótona tarde con los clientes de todos los días, fingiendo afanosa estar muy ocupada. Era esta su frase favorita que acostumbraba a coronar cualquier conversación entre los clientes.

Ese lunes, tras despedir a Don Francisco, el último cliente que se resistía a enfrentarse a la soledad de su vida fuera del café, Doña Rosa y Carmen, su hija mayor, comenzaron la ingrata tarea que tenían pendiente desde hacía meses: organizar el almacén.

De entre todos los papelotes allí sepultados, un manuscrito de hojas amarillentas torpemente encordado llamó la atención de Doña Rosa. Comenzó a leerlo y, atónita, descubrió que aquel medio centenar largo de páginas trazaba con exquisita sensibilidad el transcurrir de su vida en el Café desde el mismo día de su inauguración, veinte años atrás.

Madre e hija releyeron con deleite cada página de su vida, cada palabra que dibujaba  las sensaciones de muchos momentos… Sin embargo, la emoción se fue tornando miedo a medida que pasaban las páginas, ¡estaban a punto de descubrir el destino de esa misma noche!

Carmen, con gesto grave, intuyó lo que narrarían las siguientes líneas. No quería que su madre sufriese, aquel Café era su vida y ahora su futuro estaba al borde del abismo… difícilmente una docena de clientes de media tarde y café frío podía sostener los gastos del viejo local.

–Cierra ese libro, mamá…– susurró Carmen tomando tiernamente el libro de las manos de su madre. –Como tú dices, lo importante es no perder la perspectiva… y a nuestras vidas les quedan al menos otras treinta largas páginas…

miércoles, 3 de octubre de 2012

Páginas en blanco

De repente, el libro que tantas veces releí llamó mi atención; al abrirlo todas sus hojas volaron, salvo dos páginas en blanco… para contar mi historia.


Finalista II Premio Microrrelatos Esculpiendo historias, 2011.
Publicado en la revista La Manzana Poética, nº 29, 2012.

viernes, 29 de junio de 2012

El olor de los recuerdos

Recuerdo con especial cariño los olores de mi infancia. Creo que es un aspecto que los padres actuales no tenemos muy en cuenta, a pesar de que representa para nuestros hijos un pedacito de su vida, un recuerdo muy grato que les acompañará, como a mí, para siempre.

Las manos de mi madre olían a un suave perfume con toques de limón, que recuerdo perfectamente. Cierro los ojos y me traslado a aquellos días en que, con poco más de tres años, iba de la mano de mi madre. Tener la suerte de cogerla no era fácil si tenemos en cuenta que éramos seis hermanos, todos pequeños, y que además mi hermana pequeña tenía dos años y era un terremoto que había que controlar estrechamente.

Recuerdo ir de su mano, solas las dos; recuerdo mi brazo estirado para llegar a su altura, y recuerdo que, intencionadamente, me cambiaba del lado izquierdo al derecho para que su olor se quedara impregnado en mis dos manos.

Después, ya en casa, me llevaba las manos a mi menuda naricilla y disfrutaba el suave olor a perfume de limón. Aspiraba una y otra vez y pensaba: “de mayor quiero oler como mamá”.

He de decir que utilizo el mismo perfume que mi madre con la esperanza de que, algún día, mis hijos también recuerden el olor de mis manos…

Publicado en la revista FAMIPED, de la Asociación Española de Pediatría en Atencion Primaria, vol. 5, nº 2, junio 2012.

martes, 5 de junio de 2012

El endemoniado navegador

En muchas ocasiones me he preguntado por qué despierta tanta ansiedad en mí el hecho de tener que llegar a un lugar desconocido conduciendo mi propio coche; reconozco que es algo incomprensible, es una suerte de zozobra irracional que no acierto a explicarme.

Y he de decir que me preparo a conciencia para esquivar todo atisbo de fracaso: busco en internet la ruta que he de seguir, hago mil variaciones para que me lleve por el camino más sencillo (que es muchas veces... quiero decir... siempre el más largo), estudio la ruta en la pantalla, la sigo con el dedo índice hasta que la entiendo, imprimo la ruta completa con todo lujo de explicaciones y después la pintarrajeo de colores y repaso los nombres de las calles por las que ha de transcurrir mi aventura; sitúo gasolineras, párkings, iglesias, hamburgueserías... cualquier pista que me pueda ayudar a llegar a mi destino. Esta operación me lleva no menos de media hora... larga.

El siguiente paso es programar el "navegador", cuestión harto difícultosa. La selección de la ciudad suele ser sencilla, lo complicado viene cuando esa maldita calle no aparece por ningún lado. Me armo de paciencia y pienso cuál puede ser el nombre correcto de la calle: calle Rafael Morales, avenida de Rafael Morales, calle del Poeta Rafael Morales, travesía del Poeta Rafael Morales, circunvalación Rafael Morales... la cosa parecía sencilla, pero como ves, puede ser muy complicada, y más cuando desconoces la actividad o la profesión del insigne personaje que le da nombre a esa ya odiosa calle que estás buscando.

Tras mucho sufrimiento, he conseguido programar el maldito cacharro, de modo que me dispongo a emprender mi viaje. La correctísima voz de la mujer que habita el navegador me va guiando por el camino prefijado hasta que... ¡Dios mío!, la calle por la que tengo que entrar... ¡¡¡¡está de obras!!!! ¡Santo Dios... ! ¡¡¡¡¡¿Y QUÉ HAGO YO AHORA?!!!!!

Como es lógico, dejo la calle atrás y la señorita me da una instrucción clara: "Gire a la derecha"; "No puedo, la calle está de obras", le replico yo (como si me estuviera escuchando). Y a los diez segundos me repite con cierta insolencia: "Cuando pueda, gire a la derecha". "¡Te acabo de decir que está de obras!" grito a la impertinente y sabelotodo señorita electrónica.... En esta discusión se nos van unos minutos, hasta que la máquina "recalcula" la ruta y me lleva, tras perdernos durante unos diez minutos, a mi destino. Llego 15 minutos tarde, como era de esperar.
Ya de vuelta a casa intento relajarme para suavizar mis nervios, de punta tras el azaroso viaje,  y comienzo a releer un libro de un médico humanista del siglo XVI, Juan Huarte de San Juan, titulado Examen de ingenios para las ciencias, en el que relata con ingenuidad divertidas anécdotas y sucesos extraños de la época. Nada mas abrir el libro mis ojos cayeron sobre el siguiente fragmento:

 "(...) porque, llenándolos Dios de sabiduría [a Adán y Eva], es conclusión averiguada que le cupo menos a Eva, por la cual razón dicen los teólogos que se atrevió el demonio a engañarla y no osó tentar al varón temiendo su mucha sabiduría. La razón de esto es (...) que la compostura natural que la mujer tiene en el celebro no es capaz de mucho ingenio ni de mucha sabiduría".

Tras leer este párrafo... comencé a llorar desconsoladamente.

martes, 22 de mayo de 2012

La tormenta de las palabras

Si crees que tras esta historia se esconde un secreto, si crees que trasciende la monótona realidad y te va a llevar a descubrir un misterioso arcano, un ser sobrenatural, terrible, oscuro, sombrío… Lo siento, nada de eso te espera en las siguientes líneas; solamente vas a encontrar una historia de una insignificante niña de ocho años, una niña casi invisible para los demás, una niña tímida, muy tímida, incapaz de hablar en voz alta siquiera con su madre; que se quedaba inmóvil cuando su profesora, la señorita Amalia, le preguntaba algo en la clase; que contaba sus amigos con la mitad de los dedos de una mano…
En aquel entonces yo me llegué a cuestionar si en realidad era invisible, porque los niños no jugaban conmigo, no hablaban conmigo… sin embargo, cuando la profe pasaba lista me daba cuenta de que sí existía, porque decía mi nombre, aunque ella apenas escuchara el “presente” que muy tímida y ahogadamente salía de mi garganta.
Muy a mi pesar salí del aula y tuve que enfrentarme al pasillo, a ese que me pareció un interminable camino hasta los servicios… No era la hora del recreo, ni había sonado la sirena que indicaba que por fin terminaba la clase; había tenido que pedir permiso a la maestra para ir al baño porque ya no aguantaba más… He de confesar que me costó tremendamente vencer mi timidez para hablar en voz alta delante de toda la clase, pero la necesidad ya era imperiosa.
Por entonces yo tenía ocho años y mi vida y mi mundo eran muy pequeños, diminutos, ínfimos, diría yo.
En esa época se difundió por las aulas la leyenda, que luego supe que trascendió los pasillos de la escuela, de que el colegio era visitado por algo o alguien sobrehumano, sobrenatural, no sé muy bien cómo describirlo, una especie de espíritu maligno al que se apodó “la mano negra” en honor a la marca que dejaba a modo de tarjeta de visita en todos aquellos lugares en los que rondaba para amedrentar y asustar, que ese era su “oficio”.
Era de una maldad terrible, y su objetivo era asustar a los niños, e incluso se dijo que había matado a uno de los chicos del último curso de otro colegio de Madrid… Le gustaba saber que todos los alumnos estábamos aterrados, de modo que aprovechaba la soledad de los baños para amedrentar a todo aquel que se atreviera a entrar solo. Como muestra de su poder, dejaba una marca negra de su mano en el interior de las puertas de los servicios, una mano semejante a las improntas en negativo de las pinturas rupestres del cuaternario, y cuyo significado escondía un sentido igualmente mágico.
Todas las mañanas algún niño, siempre del grupo de los valientes, entraba en los servicios para ver si por la tarde del día anterior había entrado “el malo” y había dejado su señal, la mano negra grabada para advertirnos de su presencia…La inspección de esa misma mañana nos tranquilizó: nada nuevo, las puertas estaban limpias.
En fin, comencé a recorrer el tremendo e increíblemente silencioso pasillo, a pesar de que a ambos lados los profesores se desgañitaban para intentar sobreponer sus voces a los constantes cuchicheos de los niños. Mirando atrás, tuve la sensación de estar andando irremediablemente sobre la misma baldosa, como en esos sueños en los que quieres subir unas escaleras pero a pesar de todos tus esfuerzos no alcanzas a rozar siquiera el siguiente peldaño, tus piernas asfixiadas se mueven nerviosa y rápidamente para conseguir tocar el siguiente escalón. Ese pasillo que recorría en veinte pasos cuando llegaba la hora de salir del cole, ahora era infinito, interminable, eterno…
Empujé la puerta blanca, lamentablemente no rechinaba… y la verdad es que hubiera preferido que los goznes hubieran estado cubiertos de herrumbre porque eso me hubiera servido de aviso de que alguien más entraba en los servicios. Abrí la puerta al máximo y encorvándome para revisar el interior pero sin entrar, todavía desde el pasillo, alargué mi cuerpo y miré dentro: en aquella estancia fría y aséptica de azulejos blancos no había nadie; a la izquierda estaban los lavabos, y a la derecha las cabinas. Respiré hondo y conté hasta cinco para entrar… no tuve valor, de modo que volví a tomar aire dos veces más y me metí corriendo en la primera puerta.
El silencio rechinaba en mis oídos, era absolutamente ensordecedor, era una mezcla del silencio frío y cortante de los azulejos y la imagen oscura, grave y sombría de la mano negra que temía que de un momento a otro irrumpiera ante mí.
Me obsesionaba el pensamiento de que mi timidez patológica amordazara mi garganta y que ni siquiera en aquel momento liberara mi voz para gritar, tal era el poder que ejercía sobre mi voluntad…
El tiempo entonces perdió su lógica: en verdad no había transcurrido un minuto, pero en mi realidad llevaba allí metida minutos interminables. Apenas tomé el pomo de la puerta de la cabina para huir por fin de aquel miedo que me atenazaba, deshilvanando el silencio se escuchó un leve soplo de aire, era como una brisa brumosa y gris que me rozó ligeramente la frente… rompí a sudar y sentí todavía más la lividez en mi blanca piel.
Me apresuré a abrir la puerta e intentar escapar, pero la brisa se convirtió en un muro espeso e invisible y a continuación se tornó en un tremendo golpe de aire, y ante mí se transformó en un humo negro que semejaba una terrible tormenta de verano… ¡Dios mío! ¡No puede ser, esto no es real!, pensé yo. Cerré los ojos, aunque sabía que no me serviría de nada, estaba segura de que no era un sueño, era una pesadilla hecha realidad…
Se decía que la mano negra sólo se aparecía y atacaba a los mayores, a los chicos que estudiaban en el turno de tarde, pero no a los niños pequeños, entre los cuales estaba yo, por supuesto… ¡yo solo tengo ocho años!
¡¡¡¡Yo solo tengo ocho años..!!!! ¡¡¡¡Yo solo tengo ocho años..!!!! eran las únicas palabras que mi voz inconscientemente pronunció; tal era mi terror que ni siquiera mis palabras pasaron por el cerebro, sino que utilizando mi garganta como atajo abandonaron mi cuerpo atalantadamente en un intento por salvarme, por conseguir que aquel ser se diera cuenta de que al atacar a una mocosa de ocho años iba a transgredir sus propias normas.
Como era de esperar, me desmayé y caí al suelo ligera, livianamente, como una leve pluma que tras volar de lado a lado se posa en el suelo con suavidad y mesura. Después, todo fue oscuridad, un paréntesis, un segundo quizá, o tal vez mil minutos.
La mano negra era un ser terrible, pero dotado de cierta honestidad y profesionalidad; era muy fácil asustar a los niños, se decía, eso lo hace cualquier ser sobrenatural; lo complicado, el reto, es amedrentar hasta el infinito a adultos valientes y pagados de sí mismos, a fanfarrones escépticos capaces de menospreciar y de burlarse de los mismísimos espíritus que habitan nuestro universo.
Cuando desperté noté como si descansara sobre un suave y acogedor lecho de espuma; no, no era espuma, era algo más leve, más ligero, más liviano, estaba recostada sobre una cama hecha de brisa con una almohada tejida con hilos de un fresco y finísimo viento; entreabrí con disimulo los ojos para comprobar que era un sueño… Recostada en uno de los lavabos estaba la sombra, pero había cambiado de aspecto, ya no era oscura y brumosa; ahora se mostraba más violeta y sonrosada, y más cálida, mucho más cálida… Los blancos azulejos habían accedido a abandonar, siquiera por unos instantes, su terrible gelidez. El olor también había cambiado, era ahora fresco y limpio, respirable.
Permanecí inmóvil pero atenta a mi incierto destino. La sombra vagaba de un lado a otro, informe, desordenada, esparcida y deshilachada, pareciera que discutía consigo misma hasta que… percibió que el ritmo de mi respiración había cambiado; ¡mi corazón acelerado me delató!
Dejé de respirar, dejé de mirar y hubiese querido dejar de escuchar, pero ya había comprobado que esa era la realidad que en ese momento tenía ante mí, de modo que debía afrontarla. He de decir que soy de naturaleza tímida y retraída, y supongo que estas cualidades me han hecho fuerte para enfrentarme a muchas, muchísimas situaciones de la vida cotidiana que, por estas mismas cualidades, me han puesto a prueba. Mi vida está repleta de peligros a los que he tenido que enfrentarme en soledad, de gigantes con los que he tenido que lidiar sin ayuda, y también de batallas y combates perdidos. Me han derrotado en muchas guerras.
En fin, ya con ocho años era consciente de que mi timidez me hacía valiente, de modo que abrí los ojos y me dispuse a lo peor.
Sentí el roce de aquel extraño aire en mi hombro y comencé a escuchar en mi cabeza unas voces que no eran la mía, unos sonidos que nacían dentro de mí pero que, como mi grito de terror, pasaban de largo frente a mi cerebro. ¿Eran mis pensamientos? ¿Es que la sombra podía hablar e intentaba comunicarse conmigo mediante algún extraño mecanismo mágico?
Intenté tranquilizarme y me dije a mí misma: “Silencio, silencio, escucha”. Escuchar, eso era muy fácil para mí; tenía una dilatadísima experiencia en esta tarea, había desarrollado la extraña habilidad de escuchar con todo mi cuerpo; mis manos escuchaban las manos ajenas, ya que no se atrevían a pasar a la acción; mis ojos escuchaban la realidad que les pasaba por delante, pero estaban ciegos para crearse otros mundos, ciegos para atreverse a mirar con actitud desafiante la vida e intentar emprender aventuras; mis oídos, ¡qué decir de mis oídos!, extraordinariamente poderosos y receptivos a los sentimientos de otros, a las experiencias ajenas, a la vida, en fin, de los que se atreven a vivirla sin miedo a abandonar su isla, sin temor a equivocarse, sin mordazas y cadenas que les atenacen el pecho y les retengan presos en su propio cuerpo.
Cientos de palabras invadieron entonces mi cerebro y se arremolinaron en mi cabeza gritando y luchando en una encarnizada guerra civil; sentí el caos, el desorden infinito, la oscuridad de un entendimiento herido… Grité lo más alto que jamás lo había hecho: ¡Basta ya! ¡Silencio!… y entonces, como si de un ballet se tratara, de puntillas, muy muy despacito… comenzaron las palabras a desfilar ordenadamente en mi cabecita de niña de ocho años. Toda la tensión de mi cara se transformó mágicamente en una dulce sonrisa.
Desperté en el suelo del baño, en brazos de la señorita Amalia; tras ella, una sombra densa y negra se desvaneció… para siempre.

viernes, 18 de mayo de 2012

Cuando no existían las palabras

El día era frío, el más gélido que había conocido jamás, y el cuerpo de Luna, apenas cubierto por un par de pieles rasgadas y descosidas, no soportaba más el hiriente soplo del viento que arrogante e impío irrumpía en la cueva. La joven Luna sabía que pronto abandonaría este mundo e iría a otro lugar, tal vez mejor que el que dejaba atrás; Petro, sentado a su lado intentando regalarle todo el calor de su cuerpo, tomó entonces la menuda y entumecida mano de su compañera y con dolorosa quietud le empapó la palma con aquella mezcla de tierra rojiza y agua, e imprimió con templado gesto su huella en la pared de la fría cueva.


Tras un largo y doloroso silencio, Petro tiznó su ajada y ruda mano derecha con el mismo barro y marcó su huella junto a la de Luna, como si aquello les fuera a unir para la eternidad. “Siempre estaremos juntos” decían desesperados los ojos de Petro mientras ella, con ya relajado y sereno rostro, cerraba los suyos para siempre y para siempre su cuerpo, solo su cuerpo, abandonaba aquella cueva.

martes, 15 de mayo de 2012

La rebelión de mis dedos

Atónita asistí a un inusitado baile: mis dedos de puntillas se deslizaban por el teclado como si de un vals se tratara, ligeros, pizpiretos y divertidos. ¡Rebelión!, ¡rebelión! gritaban… y ya no pude escri.. ¡¡¡¡kdhfa g bnnjv jn j jub sdlñfb ko hdfuih!!!!! …bir más.

sábado, 5 de mayo de 2012

Sobre el origen del adjetivo "atalantado/a"

Recientemente he comprobado, reconozco que con cierta extrañeza, que en el Diccionario de la Real Academia Española de la Lengua no figura el adjetivo "atalantado/a". Únicamente se define el verbo "atalantar" (de talante), con el sentido de tranquilizar, agradar, convenir.
Sin embargo, es otro el significado que conozco de esta palabra. Recuerdo que de niña, cuando corría rápidamente y sin un rumbo muy preciso, mi madre me solía reprender con este adjetivo, que guardaba en su significado un punto de inconsciencia e irreflexión.
Al llegar a la universidad fue cuando le di sentido a la palabra que tantas veces escuché de labios de mi madre; en la asignatura de Mitología conocí al personaje que originó tal adjetivo: Atalanta, avezada cazadora y corredora velocísima.
Atalanta, heroína nacida en Beocia (Grecia), fue abandonada por su padre en el monte Partenio, donde fue criada por una osa hasta que la rescataron unos cazadores. Llegada a la adolescencia, Atalanta decidió conservar su virginidad tras consultar un oráculo que le previno que no debía casarse, ya que si lo hacía sufriría una metamorfosis.
Sin embargo, a instancias de su padre, accedió a tomar matrimonio con aquel hombre que le ganara en una carrera pedestre. Muchos fueron los incautos que tras perder en la carrera recibieron la muerte de manos de Atalanta, pues este era el pacto: ganar o morir. Hasta que se presentó Hipómenes, que había pedido a la diosa Venus que le ayudara a vencer en la carrera. A tal fin, Venus le dio tres manzanas de oro que Hipómenes debía arrojar durante la carrera para que Atalanta las recogiera y se quedara atrás en la competición. Y así sucedió: la joven perdió y se celebró la boda.


Pero Hipómenes olvidó agradecer a Venus su ayuda, de modo que la diosa urdió un plan para vengar la ofensa; así, hizo que mientras la pareja pasaba junto a un templo consagrado a la diosa Cibeles, Hipómenes sintiera un irrefrenable deseo de yacer con su esposa Atalanta, de modo que entraron en el templo a consumar su amor. Ante tamaño sacrilegio, la diosa Cibeles, enfurecida, los convirtió en leones y los unció a su carro para siempre, castigándoles además a no poder yacer juntos jamás.

viernes, 27 de abril de 2012

ROSAS BLANCAS

Era la tercera carta que recibía aquella semana, sin remite alguno, solo un sobre con unos pétalos marchitos de rosas blancas. Al abrir aquel sobre sentí cómo me envolvía una calma que mi alma no sentía desde hacía meses, desde aquel desdichado día que despedí a mi hermano… con rosas blancas.


Finalista del Primer Concurso de Microrrelatos de la Asociación Cultural de Escritores Noveles, 2011

lunes, 16 de abril de 2012

MI PRIMERA COCA-COLA

Algo más de cuarenta años han pasado desde que tomé mi primera Coca-Cola.  Recuerdo con detalle aquel día en que mi padre, tras llegar de la oficina, le dijo con decisión a mi madre: “Viste a los niños que nos vamos al bar Asenjo a merendar”. Ignoro si tenían algo que celebrar, porque aquello era realmente un acontecimiento, y más para una gran familia como la nuestra, formada por nada menos que seis hijos…
El frío de la tarde no pudo con mi ilusión y, junto con mis hermanos, corrimos la calle arriba y entramos atropelladamente en el bar; nos sentamos nerviosos alrededor de una escueta mesa de formica gris canteada por una tira de plástico negra medio rota, donde esperamos impacientes las pesadas botellas de cristal de Coca-Cola.
¡Aquella era mi primera Coca-Cola y quería disfrutarla al máximo! Cuando mi madre me dio la botella, la tomé con ilusión, como si fuera un tesoro, y sin dudar me la llevé a la boca y saboreé un generoso trago de aquel dulce refresco… inmediatamente sentí unas cosquillas que me subieron por la nariz y produjeron en mis ojos un delicado picor.
Tomé la pajita y la metí en la botella e, imitando a mis hermanos, comencé a soplar a su través para ver cómo se formaban esas revoltosas burbujitas marrones que no sé por qué hacían tanto ruido. Creo que a mis padres no les hacía mucha gracia el concierto que ofrecíamos mis hermanos y yo con esos improvisados instrumentos de viento… En fin, después de unos minutos de burbujeos, la recompensa era seguir bebiendo Coca-Cola hasta que ya la pajita no alcanzaba para seguir bebiendo. Para ese momento, la botella, gracias al abrazo de mis manitas menudas había abandonado su frío, cambiándolo por una agradable calidez. 
Ya quedaba poco refresco, de modo que estábamos en la fase final de aquel ritual, cuya última etapa era el vaso. Tras verter el contenido de la botella, en el vaso apenas quedaba un dedo de Coca-Cola; aunque parezca mentira, todavía nos daba juego para otra media hora más. Ahora el juego consistía en hacer subir el refresco por la pajita y, antes de que tocara los labios, tapar la pajita y a continuación sacarla del vaso y, a modo de fuente, vaciar su contenido de nuevo en el vaso. Si bien en esta tarea el nivel del vaso bajaba (era complicado calcular cuándo llegaba la Coca-Cola a la boca, así que siempre se daba algún pequeño trago), era muy divertida, porque nos permitía combinar dos juegos acuáticos que respondían a los dos mecanismos de la respiración: inspirar por la pajita para hacer la fuente y espirar por la misma para conseguir el sonoro burbujeo. Para entonces, y juro que no miento, la temperatura de la Coca-Cola debía alcanzar ya los cuarenta grados…
No todos los días, ni siquiera todos los meses, teníamos ocasión de tomar algo en el bar, de manera que apurábamos al máximo el refresco del vaso con la pajita, que paseábamos por el fondo como si fuera posible traspasar el cristal para seguir saboreando la Coca-Cola. Huelga decir que, a oídos de mis padres, el ruido generado por esta actividad era, si cabe, más exasperante que las burbujitas del principio.
Una vez el vaso vacío, comenzaba la manipulación de la pajita; en primer lugar había que aplastarla para, posteriormente, poder hacer de ella una especie de espiral que enrollábamos y después soltábamos a modo de peligrosa serpiente. De vuelta a casa, escondida en mi habitación, saboreé de nuevo la pajita, que todavía conservaba el dulzor de mi primera Coca-Cola.

viernes, 13 de abril de 2012

INQUIETANTE CAJÓN

La casa de los abuelos olía a viejo, a madera y polvo, pero sobre todo tenía el aroma del apacible transcurrir de los días en un pueblo. Los muebles eran antiguos, imponentes, enormes… y todos ellos tenían su historia Sin embargo, el armario de la alcoba de los abuelos era el mueble que suscitaba en mí un temor irracional que no acertaba a explicarme. Era un armario de un cuerpo, de robusta y oscura madera noble, con un gran espejo en el frente, y con un cajón en la parte baja, un cajón amplio y generoso. Tal inquietud despertaba en mí que, aprovechando la hora de la siesta, entraba a hurtadillas en la alcoba y muy despacio abría aquel cajón, en el que esperaba encontrar algún secreto, tal vez joyas y monedas, o algún valioso objeto. Mi imaginación comenzaba entonces un vuelo que a duras penas podía detener. Como era de esperar, un día la abuela me sorprendió, y lejos de reprenderme, con tono grave me contó que durante la guerra civil aquel viejo cajón les había salvado la vida, ya que el abuelo lo había llenado de… ¡arroz!
He de decir que aun hoy, cuando paso cerca del armario, siento cierta inquietud por aquel cajón que un día fue despensa de mis primeras fantasías.

martes, 10 de abril de 2012

EL SUBMARINO SECRETO

De mi infancia recuerdo con especial cariño el aparador del comedor, un mueble de madera oscura labrada en el que mi madre tenía exquisitamente colocados unos platos de plata, una cristalería que mermaba año a año tras las navidades y varios objetos a los que nunca les encontré el sentido.
Sin embargo, aquel aparador era algo más que el guardián de los objetos valiosos de la familia, era la base de importantes operaciones navales secretas.  Bajo el aparador, mis hermanos y yo habíamos construido, mediante cuidados trazos hechos con tiza, nuestro submarino, dotado con la última tecnología del momento: selector de velocidad, radar, interruptores de encendido y puesta en marcha, lanzador de torpedos (¡llegamos a disponer de ocho torpedos en la última batalla que recuerdo!), y por supuesto… periscopio.
Entrábamos en el comedor despacio, y muy silenciosamente nos metíamos los cuatro bajo el aparador para entablar una guerra silenciosa contra nuestro enemigo imaginario, que nos acechaba desde la mesa. El juego terminaba cuando mi hermano exclamaba: ¡Abajo periscopio, creo que nos ha visto el enemigo! Y mi madre, ajena a nuestros juegos, entraba en el comedor.

lunes, 9 de abril de 2012

EL PASILLO

El pasillo de casa era largo, larguísimo, y fue una parte importante del escenario de nuestra niñez. Tenía aquel pasillo metros y metros que se doblaban como un regaliz para formar una “U” que a mis ojos de niña parecía enormemente grande.
Ese pasillo, que ahora imagino triste y solitario, fue durante años el teatro de nuestros juegos; recuerdo cuando todos mis hermanos (nada menos que siete), grandes y pequeños, nos apiñábamos en una de las esquinas, frente al tramo más largo, y jugábamos al escondite inglés. ¡Una, dos y tres, al escondite inglés, sin mover los pies! gritaba el que la ligaba, y mientras decía estas palabras el resto corríamos como si en ello nos fuera la vida; y al oír la última palabra de la retahíla nos dábamos la vuelta y nos quedábamos quietos, inmóviles…  Era un momento confuso en el que se entretejían la tensión y la risa contenida; el recelo y la desconfianza… hasta que, incapaces de contenernos, de nuestros mínimos cuerpos petrificados saltaban las risas como si fueran las chispas de una bengala. Creo recordar que el juego siempre terminaba con problemas…
Ese largo pasillo sirvió también de escondite a nuestro espíritu aventurero y rebelde: agazapados dos o tres niños en el pasillo detrás de la puerta del cuarto de estar, asistíamos nada menos que a… ¡películas de dos rombos! ¡Dios mío, eso sí que era una misión peligrosa! ¡UNA PELÍCULA DE DOS ROMBOS, estábamos arriesgando demasiado! Ciertamente, podía más la ilusión de saber que estábamos viendo algo que nos estaba prohibido que realmente la película en sí misma, porque para ver la pantalla de la televisión debíamos esquivar las sillas y la mesa grande, así que en realidad la película quedaba reducida a la banda sonora y algún medio beso de los protagonistas que desataba en nosotros una risita pícara que en ocasiones nos delataba… Para mí, niña buena y obediente en demasía, aquello ya entraba en el campo de lo prohibido, de modo que participé poco en esta actividad furtiva; sin embargo, mi hermana pequeña se atrevía a todo con valentía y sin temor a ser descubierta… ¡cómo envidiaba su valor!
En aquel pasillo hicimos realidad aquella frase que decía mi madre cuando no estaba muy contenta precisamente con nosotros: “¡Estoy que me subo por las paredes…!”. Mi hermano, de ojos oscuros y traviesos con largas pestañas, era el auténtico artista, el más intrépido escalador, el más hábil equilibrista…  con los brazos en cruz en medio del pasillo, apoyaba las palmas de las manos en las paredes opuestas, y soportando en ellas el peso de su cuerpo, iba subiendo por las paredes poco a poco, primero un pie y luego el otro, hasta tocar con la cabeza en el techo. El súmmum del juego era… ¡plantar toda la palma de la mano en el techo! Hasta hace pocos años para mi madre fueron un misterio esas manchas en forma de manos humanas diminutas que había en el techo del pasillo… ¿Será algo parecido a las caras de Bélmez? a buen seguro se preguntó ingenua mi madre más de una vez…

domingo, 8 de abril de 2012

EL PRINCIPIO

Todo empezó con el dolor; él fue el que liberó a las palabras de la prisión de mi cabeza para que, ya libres, contaran a todo el mundo la tristeza que sentí cuando mi hermano se fue para siempre...