Autora: Ángeles del Castillo Aguas

viernes, 27 de abril de 2012

ROSAS BLANCAS

Era la tercera carta que recibía aquella semana, sin remite alguno, solo un sobre con unos pétalos marchitos de rosas blancas. Al abrir aquel sobre sentí cómo me envolvía una calma que mi alma no sentía desde hacía meses, desde aquel desdichado día que despedí a mi hermano… con rosas blancas.


Finalista del Primer Concurso de Microrrelatos de la Asociación Cultural de Escritores Noveles, 2011

lunes, 16 de abril de 2012

MI PRIMERA COCA-COLA

Algo más de cuarenta años han pasado desde que tomé mi primera Coca-Cola.  Recuerdo con detalle aquel día en que mi padre, tras llegar de la oficina, le dijo con decisión a mi madre: “Viste a los niños que nos vamos al bar Asenjo a merendar”. Ignoro si tenían algo que celebrar, porque aquello era realmente un acontecimiento, y más para una gran familia como la nuestra, formada por nada menos que seis hijos…
El frío de la tarde no pudo con mi ilusión y, junto con mis hermanos, corrimos la calle arriba y entramos atropelladamente en el bar; nos sentamos nerviosos alrededor de una escueta mesa de formica gris canteada por una tira de plástico negra medio rota, donde esperamos impacientes las pesadas botellas de cristal de Coca-Cola.
¡Aquella era mi primera Coca-Cola y quería disfrutarla al máximo! Cuando mi madre me dio la botella, la tomé con ilusión, como si fuera un tesoro, y sin dudar me la llevé a la boca y saboreé un generoso trago de aquel dulce refresco… inmediatamente sentí unas cosquillas que me subieron por la nariz y produjeron en mis ojos un delicado picor.
Tomé la pajita y la metí en la botella e, imitando a mis hermanos, comencé a soplar a su través para ver cómo se formaban esas revoltosas burbujitas marrones que no sé por qué hacían tanto ruido. Creo que a mis padres no les hacía mucha gracia el concierto que ofrecíamos mis hermanos y yo con esos improvisados instrumentos de viento… En fin, después de unos minutos de burbujeos, la recompensa era seguir bebiendo Coca-Cola hasta que ya la pajita no alcanzaba para seguir bebiendo. Para ese momento, la botella, gracias al abrazo de mis manitas menudas había abandonado su frío, cambiándolo por una agradable calidez. 
Ya quedaba poco refresco, de modo que estábamos en la fase final de aquel ritual, cuya última etapa era el vaso. Tras verter el contenido de la botella, en el vaso apenas quedaba un dedo de Coca-Cola; aunque parezca mentira, todavía nos daba juego para otra media hora más. Ahora el juego consistía en hacer subir el refresco por la pajita y, antes de que tocara los labios, tapar la pajita y a continuación sacarla del vaso y, a modo de fuente, vaciar su contenido de nuevo en el vaso. Si bien en esta tarea el nivel del vaso bajaba (era complicado calcular cuándo llegaba la Coca-Cola a la boca, así que siempre se daba algún pequeño trago), era muy divertida, porque nos permitía combinar dos juegos acuáticos que respondían a los dos mecanismos de la respiración: inspirar por la pajita para hacer la fuente y espirar por la misma para conseguir el sonoro burbujeo. Para entonces, y juro que no miento, la temperatura de la Coca-Cola debía alcanzar ya los cuarenta grados…
No todos los días, ni siquiera todos los meses, teníamos ocasión de tomar algo en el bar, de manera que apurábamos al máximo el refresco del vaso con la pajita, que paseábamos por el fondo como si fuera posible traspasar el cristal para seguir saboreando la Coca-Cola. Huelga decir que, a oídos de mis padres, el ruido generado por esta actividad era, si cabe, más exasperante que las burbujitas del principio.
Una vez el vaso vacío, comenzaba la manipulación de la pajita; en primer lugar había que aplastarla para, posteriormente, poder hacer de ella una especie de espiral que enrollábamos y después soltábamos a modo de peligrosa serpiente. De vuelta a casa, escondida en mi habitación, saboreé de nuevo la pajita, que todavía conservaba el dulzor de mi primera Coca-Cola.

viernes, 13 de abril de 2012

INQUIETANTE CAJÓN

La casa de los abuelos olía a viejo, a madera y polvo, pero sobre todo tenía el aroma del apacible transcurrir de los días en un pueblo. Los muebles eran antiguos, imponentes, enormes… y todos ellos tenían su historia Sin embargo, el armario de la alcoba de los abuelos era el mueble que suscitaba en mí un temor irracional que no acertaba a explicarme. Era un armario de un cuerpo, de robusta y oscura madera noble, con un gran espejo en el frente, y con un cajón en la parte baja, un cajón amplio y generoso. Tal inquietud despertaba en mí que, aprovechando la hora de la siesta, entraba a hurtadillas en la alcoba y muy despacio abría aquel cajón, en el que esperaba encontrar algún secreto, tal vez joyas y monedas, o algún valioso objeto. Mi imaginación comenzaba entonces un vuelo que a duras penas podía detener. Como era de esperar, un día la abuela me sorprendió, y lejos de reprenderme, con tono grave me contó que durante la guerra civil aquel viejo cajón les había salvado la vida, ya que el abuelo lo había llenado de… ¡arroz!
He de decir que aun hoy, cuando paso cerca del armario, siento cierta inquietud por aquel cajón que un día fue despensa de mis primeras fantasías.

martes, 10 de abril de 2012

EL SUBMARINO SECRETO

De mi infancia recuerdo con especial cariño el aparador del comedor, un mueble de madera oscura labrada en el que mi madre tenía exquisitamente colocados unos platos de plata, una cristalería que mermaba año a año tras las navidades y varios objetos a los que nunca les encontré el sentido.
Sin embargo, aquel aparador era algo más que el guardián de los objetos valiosos de la familia, era la base de importantes operaciones navales secretas.  Bajo el aparador, mis hermanos y yo habíamos construido, mediante cuidados trazos hechos con tiza, nuestro submarino, dotado con la última tecnología del momento: selector de velocidad, radar, interruptores de encendido y puesta en marcha, lanzador de torpedos (¡llegamos a disponer de ocho torpedos en la última batalla que recuerdo!), y por supuesto… periscopio.
Entrábamos en el comedor despacio, y muy silenciosamente nos metíamos los cuatro bajo el aparador para entablar una guerra silenciosa contra nuestro enemigo imaginario, que nos acechaba desde la mesa. El juego terminaba cuando mi hermano exclamaba: ¡Abajo periscopio, creo que nos ha visto el enemigo! Y mi madre, ajena a nuestros juegos, entraba en el comedor.

lunes, 9 de abril de 2012

EL PASILLO

El pasillo de casa era largo, larguísimo, y fue una parte importante del escenario de nuestra niñez. Tenía aquel pasillo metros y metros que se doblaban como un regaliz para formar una “U” que a mis ojos de niña parecía enormemente grande.
Ese pasillo, que ahora imagino triste y solitario, fue durante años el teatro de nuestros juegos; recuerdo cuando todos mis hermanos (nada menos que siete), grandes y pequeños, nos apiñábamos en una de las esquinas, frente al tramo más largo, y jugábamos al escondite inglés. ¡Una, dos y tres, al escondite inglés, sin mover los pies! gritaba el que la ligaba, y mientras decía estas palabras el resto corríamos como si en ello nos fuera la vida; y al oír la última palabra de la retahíla nos dábamos la vuelta y nos quedábamos quietos, inmóviles…  Era un momento confuso en el que se entretejían la tensión y la risa contenida; el recelo y la desconfianza… hasta que, incapaces de contenernos, de nuestros mínimos cuerpos petrificados saltaban las risas como si fueran las chispas de una bengala. Creo recordar que el juego siempre terminaba con problemas…
Ese largo pasillo sirvió también de escondite a nuestro espíritu aventurero y rebelde: agazapados dos o tres niños en el pasillo detrás de la puerta del cuarto de estar, asistíamos nada menos que a… ¡películas de dos rombos! ¡Dios mío, eso sí que era una misión peligrosa! ¡UNA PELÍCULA DE DOS ROMBOS, estábamos arriesgando demasiado! Ciertamente, podía más la ilusión de saber que estábamos viendo algo que nos estaba prohibido que realmente la película en sí misma, porque para ver la pantalla de la televisión debíamos esquivar las sillas y la mesa grande, así que en realidad la película quedaba reducida a la banda sonora y algún medio beso de los protagonistas que desataba en nosotros una risita pícara que en ocasiones nos delataba… Para mí, niña buena y obediente en demasía, aquello ya entraba en el campo de lo prohibido, de modo que participé poco en esta actividad furtiva; sin embargo, mi hermana pequeña se atrevía a todo con valentía y sin temor a ser descubierta… ¡cómo envidiaba su valor!
En aquel pasillo hicimos realidad aquella frase que decía mi madre cuando no estaba muy contenta precisamente con nosotros: “¡Estoy que me subo por las paredes…!”. Mi hermano, de ojos oscuros y traviesos con largas pestañas, era el auténtico artista, el más intrépido escalador, el más hábil equilibrista…  con los brazos en cruz en medio del pasillo, apoyaba las palmas de las manos en las paredes opuestas, y soportando en ellas el peso de su cuerpo, iba subiendo por las paredes poco a poco, primero un pie y luego el otro, hasta tocar con la cabeza en el techo. El súmmum del juego era… ¡plantar toda la palma de la mano en el techo! Hasta hace pocos años para mi madre fueron un misterio esas manchas en forma de manos humanas diminutas que había en el techo del pasillo… ¿Será algo parecido a las caras de Bélmez? a buen seguro se preguntó ingenua mi madre más de una vez…

domingo, 8 de abril de 2012

EL PRINCIPIO

Todo empezó con el dolor; él fue el que liberó a las palabras de la prisión de mi cabeza para que, ya libres, contaran a todo el mundo la tristeza que sentí cuando mi hermano se fue para siempre...