Autora: Ángeles del Castillo Aguas

lunes, 16 de abril de 2012

MI PRIMERA COCA-COLA

Algo más de cuarenta años han pasado desde que tomé mi primera Coca-Cola.  Recuerdo con detalle aquel día en que mi padre, tras llegar de la oficina, le dijo con decisión a mi madre: “Viste a los niños que nos vamos al bar Asenjo a merendar”. Ignoro si tenían algo que celebrar, porque aquello era realmente un acontecimiento, y más para una gran familia como la nuestra, formada por nada menos que seis hijos…
El frío de la tarde no pudo con mi ilusión y, junto con mis hermanos, corrimos la calle arriba y entramos atropelladamente en el bar; nos sentamos nerviosos alrededor de una escueta mesa de formica gris canteada por una tira de plástico negra medio rota, donde esperamos impacientes las pesadas botellas de cristal de Coca-Cola.
¡Aquella era mi primera Coca-Cola y quería disfrutarla al máximo! Cuando mi madre me dio la botella, la tomé con ilusión, como si fuera un tesoro, y sin dudar me la llevé a la boca y saboreé un generoso trago de aquel dulce refresco… inmediatamente sentí unas cosquillas que me subieron por la nariz y produjeron en mis ojos un delicado picor.
Tomé la pajita y la metí en la botella e, imitando a mis hermanos, comencé a soplar a su través para ver cómo se formaban esas revoltosas burbujitas marrones que no sé por qué hacían tanto ruido. Creo que a mis padres no les hacía mucha gracia el concierto que ofrecíamos mis hermanos y yo con esos improvisados instrumentos de viento… En fin, después de unos minutos de burbujeos, la recompensa era seguir bebiendo Coca-Cola hasta que ya la pajita no alcanzaba para seguir bebiendo. Para ese momento, la botella, gracias al abrazo de mis manitas menudas había abandonado su frío, cambiándolo por una agradable calidez. 
Ya quedaba poco refresco, de modo que estábamos en la fase final de aquel ritual, cuya última etapa era el vaso. Tras verter el contenido de la botella, en el vaso apenas quedaba un dedo de Coca-Cola; aunque parezca mentira, todavía nos daba juego para otra media hora más. Ahora el juego consistía en hacer subir el refresco por la pajita y, antes de que tocara los labios, tapar la pajita y a continuación sacarla del vaso y, a modo de fuente, vaciar su contenido de nuevo en el vaso. Si bien en esta tarea el nivel del vaso bajaba (era complicado calcular cuándo llegaba la Coca-Cola a la boca, así que siempre se daba algún pequeño trago), era muy divertida, porque nos permitía combinar dos juegos acuáticos que respondían a los dos mecanismos de la respiración: inspirar por la pajita para hacer la fuente y espirar por la misma para conseguir el sonoro burbujeo. Para entonces, y juro que no miento, la temperatura de la Coca-Cola debía alcanzar ya los cuarenta grados…
No todos los días, ni siquiera todos los meses, teníamos ocasión de tomar algo en el bar, de manera que apurábamos al máximo el refresco del vaso con la pajita, que paseábamos por el fondo como si fuera posible traspasar el cristal para seguir saboreando la Coca-Cola. Huelga decir que, a oídos de mis padres, el ruido generado por esta actividad era, si cabe, más exasperante que las burbujitas del principio.
Una vez el vaso vacío, comenzaba la manipulación de la pajita; en primer lugar había que aplastarla para, posteriormente, poder hacer de ella una especie de espiral que enrollábamos y después soltábamos a modo de peligrosa serpiente. De vuelta a casa, escondida en mi habitación, saboreé de nuevo la pajita, que todavía conservaba el dulzor de mi primera Coca-Cola.

2 comentarios:

  1. Felicidades, tu relato me traslada ha esa infancia en la que cada pequeño descubrimiento es emocionante y autentico

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  2. Muchas gracias, Miguel. La verdad es que escribo mis recuerdos con la misma ilusión que sentía entonces.

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