Autora: Ángeles del Castillo Aguas

viernes, 18 de mayo de 2012

Cuando no existían las palabras

El día era frío, el más gélido que había conocido jamás, y el cuerpo de Luna, apenas cubierto por un par de pieles rasgadas y descosidas, no soportaba más el hiriente soplo del viento que arrogante e impío irrumpía en la cueva. La joven Luna sabía que pronto abandonaría este mundo e iría a otro lugar, tal vez mejor que el que dejaba atrás; Petro, sentado a su lado intentando regalarle todo el calor de su cuerpo, tomó entonces la menuda y entumecida mano de su compañera y con dolorosa quietud le empapó la palma con aquella mezcla de tierra rojiza y agua, e imprimió con templado gesto su huella en la pared de la fría cueva.


Tras un largo y doloroso silencio, Petro tiznó su ajada y ruda mano derecha con el mismo barro y marcó su huella junto a la de Luna, como si aquello les fuera a unir para la eternidad. “Siempre estaremos juntos” decían desesperados los ojos de Petro mientras ella, con ya relajado y sereno rostro, cerraba los suyos para siempre y para siempre su cuerpo, solo su cuerpo, abandonaba aquella cueva.

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