Autora: Ángeles del Castillo Aguas

martes, 22 de mayo de 2012

La tormenta de las palabras

Si crees que tras esta historia se esconde un secreto, si crees que trasciende la monótona realidad y te va a llevar a descubrir un misterioso arcano, un ser sobrenatural, terrible, oscuro, sombrío… Lo siento, nada de eso te espera en las siguientes líneas; solamente vas a encontrar una historia de una insignificante niña de ocho años, una niña casi invisible para los demás, una niña tímida, muy tímida, incapaz de hablar en voz alta siquiera con su madre; que se quedaba inmóvil cuando su profesora, la señorita Amalia, le preguntaba algo en la clase; que contaba sus amigos con la mitad de los dedos de una mano…
En aquel entonces yo me llegué a cuestionar si en realidad era invisible, porque los niños no jugaban conmigo, no hablaban conmigo… sin embargo, cuando la profe pasaba lista me daba cuenta de que sí existía, porque decía mi nombre, aunque ella apenas escuchara el “presente” que muy tímida y ahogadamente salía de mi garganta.
Muy a mi pesar salí del aula y tuve que enfrentarme al pasillo, a ese que me pareció un interminable camino hasta los servicios… No era la hora del recreo, ni había sonado la sirena que indicaba que por fin terminaba la clase; había tenido que pedir permiso a la maestra para ir al baño porque ya no aguantaba más… He de confesar que me costó tremendamente vencer mi timidez para hablar en voz alta delante de toda la clase, pero la necesidad ya era imperiosa.
Por entonces yo tenía ocho años y mi vida y mi mundo eran muy pequeños, diminutos, ínfimos, diría yo.
En esa época se difundió por las aulas la leyenda, que luego supe que trascendió los pasillos de la escuela, de que el colegio era visitado por algo o alguien sobrehumano, sobrenatural, no sé muy bien cómo describirlo, una especie de espíritu maligno al que se apodó “la mano negra” en honor a la marca que dejaba a modo de tarjeta de visita en todos aquellos lugares en los que rondaba para amedrentar y asustar, que ese era su “oficio”.
Era de una maldad terrible, y su objetivo era asustar a los niños, e incluso se dijo que había matado a uno de los chicos del último curso de otro colegio de Madrid… Le gustaba saber que todos los alumnos estábamos aterrados, de modo que aprovechaba la soledad de los baños para amedrentar a todo aquel que se atreviera a entrar solo. Como muestra de su poder, dejaba una marca negra de su mano en el interior de las puertas de los servicios, una mano semejante a las improntas en negativo de las pinturas rupestres del cuaternario, y cuyo significado escondía un sentido igualmente mágico.
Todas las mañanas algún niño, siempre del grupo de los valientes, entraba en los servicios para ver si por la tarde del día anterior había entrado “el malo” y había dejado su señal, la mano negra grabada para advertirnos de su presencia…La inspección de esa misma mañana nos tranquilizó: nada nuevo, las puertas estaban limpias.
En fin, comencé a recorrer el tremendo e increíblemente silencioso pasillo, a pesar de que a ambos lados los profesores se desgañitaban para intentar sobreponer sus voces a los constantes cuchicheos de los niños. Mirando atrás, tuve la sensación de estar andando irremediablemente sobre la misma baldosa, como en esos sueños en los que quieres subir unas escaleras pero a pesar de todos tus esfuerzos no alcanzas a rozar siquiera el siguiente peldaño, tus piernas asfixiadas se mueven nerviosa y rápidamente para conseguir tocar el siguiente escalón. Ese pasillo que recorría en veinte pasos cuando llegaba la hora de salir del cole, ahora era infinito, interminable, eterno…
Empujé la puerta blanca, lamentablemente no rechinaba… y la verdad es que hubiera preferido que los goznes hubieran estado cubiertos de herrumbre porque eso me hubiera servido de aviso de que alguien más entraba en los servicios. Abrí la puerta al máximo y encorvándome para revisar el interior pero sin entrar, todavía desde el pasillo, alargué mi cuerpo y miré dentro: en aquella estancia fría y aséptica de azulejos blancos no había nadie; a la izquierda estaban los lavabos, y a la derecha las cabinas. Respiré hondo y conté hasta cinco para entrar… no tuve valor, de modo que volví a tomar aire dos veces más y me metí corriendo en la primera puerta.
El silencio rechinaba en mis oídos, era absolutamente ensordecedor, era una mezcla del silencio frío y cortante de los azulejos y la imagen oscura, grave y sombría de la mano negra que temía que de un momento a otro irrumpiera ante mí.
Me obsesionaba el pensamiento de que mi timidez patológica amordazara mi garganta y que ni siquiera en aquel momento liberara mi voz para gritar, tal era el poder que ejercía sobre mi voluntad…
El tiempo entonces perdió su lógica: en verdad no había transcurrido un minuto, pero en mi realidad llevaba allí metida minutos interminables. Apenas tomé el pomo de la puerta de la cabina para huir por fin de aquel miedo que me atenazaba, deshilvanando el silencio se escuchó un leve soplo de aire, era como una brisa brumosa y gris que me rozó ligeramente la frente… rompí a sudar y sentí todavía más la lividez en mi blanca piel.
Me apresuré a abrir la puerta e intentar escapar, pero la brisa se convirtió en un muro espeso e invisible y a continuación se tornó en un tremendo golpe de aire, y ante mí se transformó en un humo negro que semejaba una terrible tormenta de verano… ¡Dios mío! ¡No puede ser, esto no es real!, pensé yo. Cerré los ojos, aunque sabía que no me serviría de nada, estaba segura de que no era un sueño, era una pesadilla hecha realidad…
Se decía que la mano negra sólo se aparecía y atacaba a los mayores, a los chicos que estudiaban en el turno de tarde, pero no a los niños pequeños, entre los cuales estaba yo, por supuesto… ¡yo solo tengo ocho años!
¡¡¡¡Yo solo tengo ocho años..!!!! ¡¡¡¡Yo solo tengo ocho años..!!!! eran las únicas palabras que mi voz inconscientemente pronunció; tal era mi terror que ni siquiera mis palabras pasaron por el cerebro, sino que utilizando mi garganta como atajo abandonaron mi cuerpo atalantadamente en un intento por salvarme, por conseguir que aquel ser se diera cuenta de que al atacar a una mocosa de ocho años iba a transgredir sus propias normas.
Como era de esperar, me desmayé y caí al suelo ligera, livianamente, como una leve pluma que tras volar de lado a lado se posa en el suelo con suavidad y mesura. Después, todo fue oscuridad, un paréntesis, un segundo quizá, o tal vez mil minutos.
La mano negra era un ser terrible, pero dotado de cierta honestidad y profesionalidad; era muy fácil asustar a los niños, se decía, eso lo hace cualquier ser sobrenatural; lo complicado, el reto, es amedrentar hasta el infinito a adultos valientes y pagados de sí mismos, a fanfarrones escépticos capaces de menospreciar y de burlarse de los mismísimos espíritus que habitan nuestro universo.
Cuando desperté noté como si descansara sobre un suave y acogedor lecho de espuma; no, no era espuma, era algo más leve, más ligero, más liviano, estaba recostada sobre una cama hecha de brisa con una almohada tejida con hilos de un fresco y finísimo viento; entreabrí con disimulo los ojos para comprobar que era un sueño… Recostada en uno de los lavabos estaba la sombra, pero había cambiado de aspecto, ya no era oscura y brumosa; ahora se mostraba más violeta y sonrosada, y más cálida, mucho más cálida… Los blancos azulejos habían accedido a abandonar, siquiera por unos instantes, su terrible gelidez. El olor también había cambiado, era ahora fresco y limpio, respirable.
Permanecí inmóvil pero atenta a mi incierto destino. La sombra vagaba de un lado a otro, informe, desordenada, esparcida y deshilachada, pareciera que discutía consigo misma hasta que… percibió que el ritmo de mi respiración había cambiado; ¡mi corazón acelerado me delató!
Dejé de respirar, dejé de mirar y hubiese querido dejar de escuchar, pero ya había comprobado que esa era la realidad que en ese momento tenía ante mí, de modo que debía afrontarla. He de decir que soy de naturaleza tímida y retraída, y supongo que estas cualidades me han hecho fuerte para enfrentarme a muchas, muchísimas situaciones de la vida cotidiana que, por estas mismas cualidades, me han puesto a prueba. Mi vida está repleta de peligros a los que he tenido que enfrentarme en soledad, de gigantes con los que he tenido que lidiar sin ayuda, y también de batallas y combates perdidos. Me han derrotado en muchas guerras.
En fin, ya con ocho años era consciente de que mi timidez me hacía valiente, de modo que abrí los ojos y me dispuse a lo peor.
Sentí el roce de aquel extraño aire en mi hombro y comencé a escuchar en mi cabeza unas voces que no eran la mía, unos sonidos que nacían dentro de mí pero que, como mi grito de terror, pasaban de largo frente a mi cerebro. ¿Eran mis pensamientos? ¿Es que la sombra podía hablar e intentaba comunicarse conmigo mediante algún extraño mecanismo mágico?
Intenté tranquilizarme y me dije a mí misma: “Silencio, silencio, escucha”. Escuchar, eso era muy fácil para mí; tenía una dilatadísima experiencia en esta tarea, había desarrollado la extraña habilidad de escuchar con todo mi cuerpo; mis manos escuchaban las manos ajenas, ya que no se atrevían a pasar a la acción; mis ojos escuchaban la realidad que les pasaba por delante, pero estaban ciegos para crearse otros mundos, ciegos para atreverse a mirar con actitud desafiante la vida e intentar emprender aventuras; mis oídos, ¡qué decir de mis oídos!, extraordinariamente poderosos y receptivos a los sentimientos de otros, a las experiencias ajenas, a la vida, en fin, de los que se atreven a vivirla sin miedo a abandonar su isla, sin temor a equivocarse, sin mordazas y cadenas que les atenacen el pecho y les retengan presos en su propio cuerpo.
Cientos de palabras invadieron entonces mi cerebro y se arremolinaron en mi cabeza gritando y luchando en una encarnizada guerra civil; sentí el caos, el desorden infinito, la oscuridad de un entendimiento herido… Grité lo más alto que jamás lo había hecho: ¡Basta ya! ¡Silencio!… y entonces, como si de un ballet se tratara, de puntillas, muy muy despacito… comenzaron las palabras a desfilar ordenadamente en mi cabecita de niña de ocho años. Toda la tensión de mi cara se transformó mágicamente en una dulce sonrisa.
Desperté en el suelo del baño, en brazos de la señorita Amalia; tras ella, una sombra densa y negra se desvaneció… para siempre.

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