Autora: Ángeles del Castillo Aguas

sábado, 5 de mayo de 2012

Sobre el origen del adjetivo "atalantado/a"

Recientemente he comprobado, reconozco que con cierta extrañeza, que en el Diccionario de la Real Academia Española de la Lengua no figura el adjetivo "atalantado/a". Únicamente se define el verbo "atalantar" (de talante), con el sentido de tranquilizar, agradar, convenir.
Sin embargo, es otro el significado que conozco de esta palabra. Recuerdo que de niña, cuando corría rápidamente y sin un rumbo muy preciso, mi madre me solía reprender con este adjetivo, que guardaba en su significado un punto de inconsciencia e irreflexión.
Al llegar a la universidad fue cuando le di sentido a la palabra que tantas veces escuché de labios de mi madre; en la asignatura de Mitología conocí al personaje que originó tal adjetivo: Atalanta, avezada cazadora y corredora velocísima.
Atalanta, heroína nacida en Beocia (Grecia), fue abandonada por su padre en el monte Partenio, donde fue criada por una osa hasta que la rescataron unos cazadores. Llegada a la adolescencia, Atalanta decidió conservar su virginidad tras consultar un oráculo que le previno que no debía casarse, ya que si lo hacía sufriría una metamorfosis.
Sin embargo, a instancias de su padre, accedió a tomar matrimonio con aquel hombre que le ganara en una carrera pedestre. Muchos fueron los incautos que tras perder en la carrera recibieron la muerte de manos de Atalanta, pues este era el pacto: ganar o morir. Hasta que se presentó Hipómenes, que había pedido a la diosa Venus que le ayudara a vencer en la carrera. A tal fin, Venus le dio tres manzanas de oro que Hipómenes debía arrojar durante la carrera para que Atalanta las recogiera y se quedara atrás en la competición. Y así sucedió: la joven perdió y se celebró la boda.


Pero Hipómenes olvidó agradecer a Venus su ayuda, de modo que la diosa urdió un plan para vengar la ofensa; así, hizo que mientras la pareja pasaba junto a un templo consagrado a la diosa Cibeles, Hipómenes sintiera un irrefrenable deseo de yacer con su esposa Atalanta, de modo que entraron en el templo a consumar su amor. Ante tamaño sacrilegio, la diosa Cibeles, enfurecida, los convirtió en leones y los unció a su carro para siempre, castigándoles además a no poder yacer juntos jamás.

No hay comentarios:

Publicar un comentario