Autora: Ángeles del Castillo Aguas

viernes, 29 de junio de 2012

El olor de los recuerdos

Recuerdo con especial cariño los olores de mi infancia. Creo que es un aspecto que los padres actuales no tenemos muy en cuenta, a pesar de que representa para nuestros hijos un pedacito de su vida, un recuerdo muy grato que les acompañará, como a mí, para siempre.

Las manos de mi madre olían a un suave perfume con toques de limón, que recuerdo perfectamente. Cierro los ojos y me traslado a aquellos días en que, con poco más de tres años, iba de la mano de mi madre. Tener la suerte de cogerla no era fácil si tenemos en cuenta que éramos seis hermanos, todos pequeños, y que además mi hermana pequeña tenía dos años y era un terremoto que había que controlar estrechamente.

Recuerdo ir de su mano, solas las dos; recuerdo mi brazo estirado para llegar a su altura, y recuerdo que, intencionadamente, me cambiaba del lado izquierdo al derecho para que su olor se quedara impregnado en mis dos manos.

Después, ya en casa, me llevaba las manos a mi menuda naricilla y disfrutaba el suave olor a perfume de limón. Aspiraba una y otra vez y pensaba: “de mayor quiero oler como mamá”.

He de decir que utilizo el mismo perfume que mi madre con la esperanza de que, algún día, mis hijos también recuerden el olor de mis manos…

Publicado en la revista FAMIPED, de la Asociación Española de Pediatría en Atencion Primaria, vol. 5, nº 2, junio 2012.

martes, 5 de junio de 2012

El endemoniado navegador

En muchas ocasiones me he preguntado por qué despierta tanta ansiedad en mí el hecho de tener que llegar a un lugar desconocido conduciendo mi propio coche; reconozco que es algo incomprensible, es una suerte de zozobra irracional que no acierto a explicarme.

Y he de decir que me preparo a conciencia para esquivar todo atisbo de fracaso: busco en internet la ruta que he de seguir, hago mil variaciones para que me lleve por el camino más sencillo (que es muchas veces... quiero decir... siempre el más largo), estudio la ruta en la pantalla, la sigo con el dedo índice hasta que la entiendo, imprimo la ruta completa con todo lujo de explicaciones y después la pintarrajeo de colores y repaso los nombres de las calles por las que ha de transcurrir mi aventura; sitúo gasolineras, párkings, iglesias, hamburgueserías... cualquier pista que me pueda ayudar a llegar a mi destino. Esta operación me lleva no menos de media hora... larga.

El siguiente paso es programar el "navegador", cuestión harto difícultosa. La selección de la ciudad suele ser sencilla, lo complicado viene cuando esa maldita calle no aparece por ningún lado. Me armo de paciencia y pienso cuál puede ser el nombre correcto de la calle: calle Rafael Morales, avenida de Rafael Morales, calle del Poeta Rafael Morales, travesía del Poeta Rafael Morales, circunvalación Rafael Morales... la cosa parecía sencilla, pero como ves, puede ser muy complicada, y más cuando desconoces la actividad o la profesión del insigne personaje que le da nombre a esa ya odiosa calle que estás buscando.

Tras mucho sufrimiento, he conseguido programar el maldito cacharro, de modo que me dispongo a emprender mi viaje. La correctísima voz de la mujer que habita el navegador me va guiando por el camino prefijado hasta que... ¡Dios mío!, la calle por la que tengo que entrar... ¡¡¡¡está de obras!!!! ¡Santo Dios... ! ¡¡¡¡¡¿Y QUÉ HAGO YO AHORA?!!!!!

Como es lógico, dejo la calle atrás y la señorita me da una instrucción clara: "Gire a la derecha"; "No puedo, la calle está de obras", le replico yo (como si me estuviera escuchando). Y a los diez segundos me repite con cierta insolencia: "Cuando pueda, gire a la derecha". "¡Te acabo de decir que está de obras!" grito a la impertinente y sabelotodo señorita electrónica.... En esta discusión se nos van unos minutos, hasta que la máquina "recalcula" la ruta y me lleva, tras perdernos durante unos diez minutos, a mi destino. Llego 15 minutos tarde, como era de esperar.
Ya de vuelta a casa intento relajarme para suavizar mis nervios, de punta tras el azaroso viaje,  y comienzo a releer un libro de un médico humanista del siglo XVI, Juan Huarte de San Juan, titulado Examen de ingenios para las ciencias, en el que relata con ingenuidad divertidas anécdotas y sucesos extraños de la época. Nada mas abrir el libro mis ojos cayeron sobre el siguiente fragmento:

 "(...) porque, llenándolos Dios de sabiduría [a Adán y Eva], es conclusión averiguada que le cupo menos a Eva, por la cual razón dicen los teólogos que se atrevió el demonio a engañarla y no osó tentar al varón temiendo su mucha sabiduría. La razón de esto es (...) que la compostura natural que la mujer tiene en el celebro no es capaz de mucho ingenio ni de mucha sabiduría".

Tras leer este párrafo... comencé a llorar desconsoladamente.