Autora: Ángeles del Castillo Aguas

domingo, 11 de noviembre de 2012

El reloj

Aquel año el cumpleaños de Carmen fue sorprendentemente diferente, su marido, con una gran sonrisa, le regaló un reloj de pulsera. 

Carmen no estaba acostumbrada a recibir regalos, ni siquiera el día de su cumpleaños. Su marido, tal vez por despiste o más probablemente por el desinterés que nace del hastío de la rutina y el desamor, solía olvidar su cumpleaños. Cada año, Carmen tenía la esperanza de que su marido se acordara de esa fecha y le sorprendiera con un inesperado detalle; no quería nada caro, era suficiente con un abrazo acompañado de una sonrisa, una tarjeta divertida… en fin… le bastaba con saber que se acordaba de ella. 

Pero año tras año, el único regalo que recibía Carmen eran sus propias lágrimas. Sus tristes y amargas lágrimas. Año tras año, ni durante el desayuno, ni a la tarde, ni siquiera aprovechando la tranquilidad de la noche, le había sorprendido su marido… Nada, nada, nada… solo un apático comentario: “Hoy es 2 de diciembre, ¿verdad? Felicidades, hoy es tu cumpleaños”. Sin más. 

Pero este año su sueño se había cumplido. 

Era aquel un precioso reloj, en cuya esfera jugaban al corro diminutas cabezas de alfiler que ella imaginó que fueran caballeros de plateada armadura que hubieran dado muerte a los números para ponerse en su lugar. 

Sin embargo, llegada la noche, al dejar su reloj sobre la mesita de noche, le invadió una inquietante ansiedad… como una espesa bruma que empañara su tan ansiado feliz cumpleaños. Cuando las campanas anunciaron la medianoche, Carmen, desvelada por un miedo irracional, tomó su reloj y lo observó aterrorizada: las agujas, ahora convertidas en espadas, avanzaban como en una marcial marcha, y a su paso iban derribando cada una de las pequeñas cabezas de alfiler… hasta que la esfera se quedó huérfana y… vacía. 

Carmen sintió, poco a poco, cómo se iban agotando sus últimos minutos de vida.


lunes, 5 de noviembre de 2012

El terrible caso de los objetos perdidos


Advertencia a los caballeros que se atrevan a leer esta historia: si por una extrañísima casualidad usted se identificara con el protagonista de las siguientes líneas, sepa que debe buscar ayuda inmediatamente para solucionar su problema antes de que sea… demasiado tarde.


“Ese día tenía algo de especial, pues mi mujer estaba de viaje y me había quedado solo en casa. ¡Dios, hacía al menos seis años que no me quedaba de Rodríguez…! Debía aprovechar la ocasión y disfrutar de la soledad, de la libertad, del aire, al menos durante unos días podría prescindir de los horarios… Suspiré tan satisfecho que pareciera que con mi aliento escaparan todas mis ataduras conyugales. 

Por la mañana, como cada día antes de salir de casa para ir al trabajo, fui a guardarme la cartera y las llaves del coche en el bolsillo del pantalón pero no las encontré; creía haberlas dejado encima del mueble del cuarto de baño, pero… ahí no estaban. Tal vez las dejé en otro sitio y ahora no lo recuerdo, pensé extrañado. Fui a la cocina después a por el portátil que había dejado la noche anterior y… cuál fue mi sorpresa cuando descubrí que… ¡tampoco estaba allí! Nervioso ante mi tremendo despiste, corrí al dormitorio a ponerme la corbata verde, mi preferida, y marcharme como fuera a la oficina, pues ya llagaba tarde. Busqué y rebusqué nerviosamente en el armario, recorrí con paso lento toda la gama cromática pero… definitivamente no encontré la corbata verde. Aquello me empezó a asustar seriamente y con mano temblorosa abrí muy despacio y con cierto temor la puerta del armario. El chirrido de los goznes me hizo sospechar lo peor… ¡Mi abrigo azul había desaparecido! Busqué, remiré, revolví, tiré, empujé todas las prendas… no estaba por ninguna parte…. Preso del terror, retrocedí, apoyé mi espalda contra la pared y poco a poco resbalé hasta hincar mis rodillas en el suelo… sentí el terror y el pánico apoderándose de mis facciones… Dejé entonces de ser un hombre y me convertí en un niño indefenso… y solo, muy solo…” 

Un ligero toque en el hombro me despertó de mi terrible pesadilla, y ante mí vi el angustiado rostro de mi marido. ¿Has visto mi corbata verde?, me dijo. El sobresalto del repentino despertar se tornó casi sin darme cuenta en una estruendosa carcajada que no pude reprimir: ¡Había soñado que estaba en la piel de mi marido una mañana cualquiera de un día cualquiera! 

jueves, 1 de noviembre de 2012

La sombra de un amor


Fue la sombra de un susurro de amor,
fue la sombra de un deseo,
es hoy la sombra de la soledad,
mas... como una sombra en silencio se desvanece
y será la sutil sombra del olvido.