Autora: Ángeles del Castillo Aguas

domingo, 28 de julio de 2013

Ya no soy lo que era...


A mis casi cincuenta años… ya no soy lo que era. Con el paso de los años, mi delgada anatomía ha ido acogiendo a muchos compañeros de viaje que han llenado mi vida tanto como mi cuerpo; a unos no los quisiera haber conocido, pero la gran mayoría han dejado su huella en mi camino.

Mi frente, en otro tiempo limpia y tersa, ha sido el océano que mil preocupaciones y enredados pensamientos han surcado una y otra vez hasta dejar su persistente estela. Mil arrugas acompañan cada gesto de mi mirada, cada una de ellas forjada por penas y alegrías, sinsabores e ilusiones. Tengo la enorme fortuna de lucir orgullosa cientos de arrugas en mi rostro, labradas a fuerza de momentos felices y sonrisas sinceras. Guardo en mis ojos mil sueños y esperanzas con la ilusión de que se reflejen en mi mirada. 

Mas también atesoro muchos momentos tristes, de soledad, de abatimiento, pero los tengo escondidos en mi interior, y son ellos precisamente los que me recuerdan lo afortunada que soy de poseer todo aquello que no se puede comprar, de contar con una enorme riqueza: mi familia, mis amigos y una vida que tengo la gran suerte de seguir viviendo.

Ya no soy lo que era… ni siquiera cuando comencé a escribir estas líneas.

sábado, 16 de marzo de 2013

Sobre la ilusión


Como cien estrellas que jamás se apagan, brillan tus recuerdos en mi corazón. 
Ellos me regalan la ilusión del alba en la noche triste de mi cerrazón. 

Homero Manzi 



Tal vez en los tiempos que vivimos el significado de la palabra “ilusión” haya variado… o tal vez no en su significado profundo que toca los sentimientos más íntimos. El Diccionario de la Real Academia Española de la Lengua lo define en primer lugar como un concepto, imagen o representación sin verdadera realidad, sugeridos por la imaginación o causados por engaño de los sentidos, y como segunda acepción nos habla de la ilusión como una esperanza cuyo cumplimiento parece especialmente atractivo. 

Me quedo con esta segunda acepción, que hace que nazca en el fondo de nuestro corazón una agradable zozobra, una feliz inquietud que nos hace felices durante la espera de ese deseo que soñamos cumplir o ese objeto que esperamos conseguir algún día. Y creo que hoy día este tiempo se ha reducido en demasía y nos estamos privando de ese disfrute paciente e ilusionado, de ese transcurrir pausado de los días. Actualmente, los deseos de nuestros hijos son órdenes para nuestra cartera; si todas las amigas de mi hija de 9 años tienen un batallón de los diminutos animalitos de moda… ¡la mía tendrá un ejército entero, faltaría más! Invariablemente, todos los padres cometemos los mismos errores, y nos engañamos pensando que por dar a nuestros hijos todo lo que nosotros no tuvimos de niños seremos mejores padres que los nuestros… ¡tremenda equivocación! 

Sin embargo, estamos a tiempo de cambiar las cosas, y de despertar en nuestros hijos una ilusión, pero antes hemos de recordar nuestra infancia y aprender nosotros mismos a volver a tener ilusión, a sentir de nuevo que deseamos algo que no podemos conseguir con dinero, a anhelar algo tan sencillo como un halago por algo bien hecho, unas palabras amables, un abrazo… 

El ser humano aprende por imitación, de modo que el primer paso es aprender a ilusionarnos, desear algo fervientemente… Te propongo que me acompañes en mi viaje a la infancia para reencontrarme con mis ilusiones infantiles; solo será un minuto durante el cual retrocederemos en el tiempo casi cincuenta años… 

Nací en una familia numerosa, soy la quinta de siete hermanos, a los que educó una paciente madre que pasó todos sus minutos y sus horas con nosotros, ya que mi padre trabajaba para poder mantener a esta gran familia. Huelga decir que a mis padres no les sobraba el dinero, y para criar a tanto niño tenían que hacer verdaderos esfuerzos y ajustes económicos (eso sí que eran complicadas operaciones de ingeniería financiera). Como es lógico, eran mis hermanos mayores los afortunados que estrenaban ropa y calzado cada temporada, y a medida que los más pequeños íbamos creciendo heredábamos uniformes, zapatos, vestidos, pantalones… pero no nos quejábamos por heredar, muy al contrario, nos hacía ilusión poder calzar y vestir la ropa de mis hermanos porque eso quería decir que ya éramos “mayores”. 

Recuerdo con especial cariño un blusón verde que le compraron a mi hermana mayor; yo misma estaba en la tienda cuando me fijé en él y pensé que tal vez a mi hermana le gustara… y así fue. Mi felicidad fue inmensa porque aquel precioso blusón algún día sería mío. La verdad es que el verde esmeralda favorecía mucho a mi hermana, y aquellos pequeños botones le daban una gracia especial… ¡Será mío, será mío! pensaba yo con enorme ilusión… que me duró ¡nada menos que cinco años!, hasta que tuve el cuerpo suficiente para no hacer el ridículo con él. 

Eran muchas las veces que me lo había probado a escondidas en esos cinco años, pero mi ilusión seguía intacta. Cuando llegó el día, me lo puse no sin ciertos nervios, me miré al espejo en todas las posturas posibles… y me sentí la chica más guapa del mundo. 

Pasé mi infancia y adolescencia, por fortuna, saltando de una en otra ilusión, pequeñas, sin importancia, pero de mucho valor para mí. No recuerdo haberme sentido desgraciada por no estrenar ropa, ni triste por no poder comprar el vestido de princesa de Nancy, a la que yo misma le hacía la ropa con ayuda de mi madre y mi abuela. De hecho, creo que soy una persona normal… de momento. No tengo frustraciones ni problemas de ningún tipo por esas carencias que ahora nos parecen algo inadmisibles para nuestros hijos. 

En fin, volviendo al presente, hace unas semanas fui con mi hija a comprarme unos zapatos, que ella me ayudó a elegir, y sucedió algo que me emocionó, vi en sus ojos una expresión de alegría diferente. Cuando llegamos a casa me preguntó muy seria: “Mamá, ¿cuándo sea mayor esos zapatos serán para mí?”. “Claro que sí”, le respondí yo… y entonces me di cuenta de que, a pesar de todo, la ilusión existe y tiene un significado que va más allá de la consecución de cosas materiales. Me pregunto si tal vez la hemos confundido con el deseo satisfecho, imbuido de la inmediatez de su cumplimiento. Tal vez la ilusión está relacionada con la esperanza de conseguir aquello que no podemos comprar, de lograr algo que nos investirá de alguna cualidad que anhelamos. 

Hoy, a mis casi cincuenta años, he descubierto el encanto de ilusionarse, de esperar pacientemente algo tan sencillo como que alguien haya leído estas líneas.



Publicado en la revista FAMIPED, Volumen 6. Nº1. Marzo 2013.

http://www.famiped.es/volumen-6-no1-marzo-2013/anecdotas-de-la-visita-al-pediatra/sobre-la-ilusion



miércoles, 6 de febrero de 2013

Amparo: dueña de mi destino fatal

Querida amiga Amparo
seguro dirás: “¡Qué raro, 
unas rimas esta chica 
a mi persona dedica”. 

Tu sola eres la culpable 
de que ya no ría, no hable. 
Ya no pienso, solo vago, 
entre rima y rima… ¿qué hago? 

Anoche de terror quedé inmóvil 
¡hice una rima con el número del móvil! 
Con la clave del wifi un soneto 
que quedó lindo y coqueto. 

Ora matrículas de coche, 
ora una casa en Bariloche… 
todo es motivo de rima, 
¡qué tortura, hasta da grima! 

Que alguien me dé un remedio 
pues me veo de la plaza en medio 
vendiendo rimas a un euro. 
¡Dios, qué vergüenza, qué apuro!

Hago un terceto del yogur
que venden en el Carrefur* 
¡y qué decir del Corte Inglés, 
salen rimas a puntapiés! 

El nombre de Mercadona, 
rara rima que me obsesiona, 
convirtióme en... Del Castillo la bufona. 

NOTA:
Días ha que estos versos escribí
y ninguna respuesta recibí...
¿tal vez una amiga perdí?

lunes, 7 de enero de 2013

Un terrible equipaje


Me llevé las manos a la cara, como si quisiera estar ciega y sorda ante la grave expresión de aquel médico al que no quería escuchar. Todos los hermanos temíamos la noticia que nos iba a dar... Mi espalda, apoyada en la pared, pesaba toneladas, yo ya no podía soportar su peso… lentamente, muy lentamente mi cuerpo se fue deslizando y derrumbando hasta hundirse en el suelo. Agachada, mis brazos apretaban las rodillas para hacerme pequeña, para intentar esconderme de mí misma, para escapar de ese momento, de esa terrible realidad… Lo que estaba pasando no podía ser verdad, me negaba a creerlo, era imposible. Solo hace tres días había estado charlando con mi hermano, que había vuelto de uno de sus viajes por un país africano y que había traído en su equipaje, sin saberlo… una terrible enfermedad, la malaria, que le preparó las maletas para emprender, esta vez, otro largo, mucho más largo viaje.

Aquel fue el día más terrible de mi vida, el más triste y desolador. Ese día me enfrenté, cara a cara, con desesperación y horror, a todo lo que no hice, a todas las palabras que no pronuncié, a todos los silencios que no combatí para salvar ese abismo que me separaba de mi hermano… Ahora era tarde, demasiado tarde. 

Cuando regresé a casa aquella noche, mi alma iba cargada con toneladas de culpa, de arrepentimiento, de profundo pesar… Agotada, me tendí en el sofá y sentí un débil y tibio soplo de aire en mi pelo, un leve roce en la cara… una sensación de tranquilidad me envolvió… y caí en un profundo sueño. Comprendí entonces que mi hermano me acompañaría para siempre.

sábado, 5 de enero de 2013

Aguas turbulentas

¡Aguas!, qué cruel desengaño
pues un secreto de antaño
el sosiego me ha robado.

Quiso el amor furtivo
que sea otro mi apellido.

Vago desde entonces ida
y lloro ya sin medida
lágrimas que no son aguas.

Quién sabe si el bisabuelo
inventó algún crecepelo
y allá en tierras lejanas,
paraíso de bananas,
desposara con una Onasis
y disfrutara de un oasis,
sin saber que allá en Pintano
esperaba su amor en vano.