Autora: Ángeles del Castillo Aguas

sábado, 16 de marzo de 2013

Sobre la ilusión


Como cien estrellas que jamás se apagan, brillan tus recuerdos en mi corazón. 
Ellos me regalan la ilusión del alba en la noche triste de mi cerrazón. 

Homero Manzi 



Tal vez en los tiempos que vivimos el significado de la palabra “ilusión” haya variado… o tal vez no en su significado profundo que toca los sentimientos más íntimos. El Diccionario de la Real Academia Española de la Lengua lo define en primer lugar como un concepto, imagen o representación sin verdadera realidad, sugeridos por la imaginación o causados por engaño de los sentidos, y como segunda acepción nos habla de la ilusión como una esperanza cuyo cumplimiento parece especialmente atractivo. 

Me quedo con esta segunda acepción, que hace que nazca en el fondo de nuestro corazón una agradable zozobra, una feliz inquietud que nos hace felices durante la espera de ese deseo que soñamos cumplir o ese objeto que esperamos conseguir algún día. Y creo que hoy día este tiempo se ha reducido en demasía y nos estamos privando de ese disfrute paciente e ilusionado, de ese transcurrir pausado de los días. Actualmente, los deseos de nuestros hijos son órdenes para nuestra cartera; si todas las amigas de mi hija de 9 años tienen un batallón de los diminutos animalitos de moda… ¡la mía tendrá un ejército entero, faltaría más! Invariablemente, todos los padres cometemos los mismos errores, y nos engañamos pensando que por dar a nuestros hijos todo lo que nosotros no tuvimos de niños seremos mejores padres que los nuestros… ¡tremenda equivocación! 

Sin embargo, estamos a tiempo de cambiar las cosas, y de despertar en nuestros hijos una ilusión, pero antes hemos de recordar nuestra infancia y aprender nosotros mismos a volver a tener ilusión, a sentir de nuevo que deseamos algo que no podemos conseguir con dinero, a anhelar algo tan sencillo como un halago por algo bien hecho, unas palabras amables, un abrazo… 

El ser humano aprende por imitación, de modo que el primer paso es aprender a ilusionarnos, desear algo fervientemente… Te propongo que me acompañes en mi viaje a la infancia para reencontrarme con mis ilusiones infantiles; solo será un minuto durante el cual retrocederemos en el tiempo casi cincuenta años… 

Nací en una familia numerosa, soy la quinta de siete hermanos, a los que educó una paciente madre que pasó todos sus minutos y sus horas con nosotros, ya que mi padre trabajaba para poder mantener a esta gran familia. Huelga decir que a mis padres no les sobraba el dinero, y para criar a tanto niño tenían que hacer verdaderos esfuerzos y ajustes económicos (eso sí que eran complicadas operaciones de ingeniería financiera). Como es lógico, eran mis hermanos mayores los afortunados que estrenaban ropa y calzado cada temporada, y a medida que los más pequeños íbamos creciendo heredábamos uniformes, zapatos, vestidos, pantalones… pero no nos quejábamos por heredar, muy al contrario, nos hacía ilusión poder calzar y vestir la ropa de mis hermanos porque eso quería decir que ya éramos “mayores”. 

Recuerdo con especial cariño un blusón verde que le compraron a mi hermana mayor; yo misma estaba en la tienda cuando me fijé en él y pensé que tal vez a mi hermana le gustara… y así fue. Mi felicidad fue inmensa porque aquel precioso blusón algún día sería mío. La verdad es que el verde esmeralda favorecía mucho a mi hermana, y aquellos pequeños botones le daban una gracia especial… ¡Será mío, será mío! pensaba yo con enorme ilusión… que me duró ¡nada menos que cinco años!, hasta que tuve el cuerpo suficiente para no hacer el ridículo con él. 

Eran muchas las veces que me lo había probado a escondidas en esos cinco años, pero mi ilusión seguía intacta. Cuando llegó el día, me lo puse no sin ciertos nervios, me miré al espejo en todas las posturas posibles… y me sentí la chica más guapa del mundo. 

Pasé mi infancia y adolescencia, por fortuna, saltando de una en otra ilusión, pequeñas, sin importancia, pero de mucho valor para mí. No recuerdo haberme sentido desgraciada por no estrenar ropa, ni triste por no poder comprar el vestido de princesa de Nancy, a la que yo misma le hacía la ropa con ayuda de mi madre y mi abuela. De hecho, creo que soy una persona normal… de momento. No tengo frustraciones ni problemas de ningún tipo por esas carencias que ahora nos parecen algo inadmisibles para nuestros hijos. 

En fin, volviendo al presente, hace unas semanas fui con mi hija a comprarme unos zapatos, que ella me ayudó a elegir, y sucedió algo que me emocionó, vi en sus ojos una expresión de alegría diferente. Cuando llegamos a casa me preguntó muy seria: “Mamá, ¿cuándo sea mayor esos zapatos serán para mí?”. “Claro que sí”, le respondí yo… y entonces me di cuenta de que, a pesar de todo, la ilusión existe y tiene un significado que va más allá de la consecución de cosas materiales. Me pregunto si tal vez la hemos confundido con el deseo satisfecho, imbuido de la inmediatez de su cumplimiento. Tal vez la ilusión está relacionada con la esperanza de conseguir aquello que no podemos comprar, de lograr algo que nos investirá de alguna cualidad que anhelamos. 

Hoy, a mis casi cincuenta años, he descubierto el encanto de ilusionarse, de esperar pacientemente algo tan sencillo como que alguien haya leído estas líneas.



Publicado en la revista FAMIPED, Volumen 6. Nº1. Marzo 2013.

http://www.famiped.es/volumen-6-no1-marzo-2013/anecdotas-de-la-visita-al-pediatra/sobre-la-ilusion



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