Autora: Ángeles del Castillo Aguas

domingo, 16 de noviembre de 2014

Algo más que un concierto

Ayer fue mi cumpleaños, cincuenta años nada menos; llevaba meses pensando en organizar una fiesta con mis amigos y mi familia, no todos los años se cambia de decena, y en esta nueva etapa que entro quiero irrumpir con fuerza y con ilusión. Desde que a principios de año escribí “solo tengo cincuenta años”, me he hecho el firme propósito de vivir todos mis días, de saborear todos los momentos que me regala la vida, de escuchar, de reír, de llorar, de no dejar pasar un minuto en blanco... En los últimos años estoy desalojando mi vida de estúpidos objetos y la estoy llenando de sensaciones, sentimientos, experiencias, voces, miradas, susurros...

Por una increíble casualidad, tuve noticia el día 10 de octubre de que Solera, mis músicos favoritos desde mi adolescencia, celebraban sus 40 años en la música. Será mi mejor regalo para mí misma, pensé, de modo que en segundos ya había comprado las entradas para asistir a un concierto que jamás pensé que podría escuchar.

Podría describir el concierto como delicioso, entrañable, dulce, nostálgico... en fin, podría aplicarle muchos epítetos, pero no lo haré. Solo quiero describir cómo me sentí mientras escuchaba todos aquellos temas.

Cada una de aquellas canciones me transportó, en un delicioso viaje, a mi adolescencia, con mis hermanas mayores, las tres en nuestro cuarto de estudiar, de noche, en un cálido y oscuro silencio solo iluminado por nuestros cigarrillos, escuchando nuestro programa de radio favorito, “Flor de pasión”, al que Juan de Pablos conseguía dar vida.

Georges Moustaki, Silvie Vartan, Secretos y, cómo no, Solera. Muchas, muchas noches cerraba su programa con el broche de oro, siempre “Solo pienso en ti”. No importaba las veces que escuchara aquella canción, porque una y otra vez soñaba, con los ojos cerrados, si algún día llegaría a ser aquella mujer de la canción. Entonces hubiera vendido mi alma por despertar sentimiento semejante en un hombre...


En fin, quisiera encontrar las palabras exactas para describir cómo me sentí con cada una de las notas, con cada una de aquellas maduras voces, qué emoción inundó mi alma, que sentimientos dormidos descubrí en mi interior. Pero reconozco que no soy capaz de esbozar siquiera un torpe dibujo, solo sé que ayer, cuando salí de aquella sala... cumplí quince años.

Para los que no conocéis la canción:

lunes, 2 de junio de 2014

¿Por qué la cabra montesa ya no está como una cabra?



Cuenta la leyenda que allá por el año de 2014, hace ya más de un milenio, arribó a la cordobesa ciudad de Montoro una familia risueña y simpática, de altos ideales pero… de baja talla. Eran los Castillo, famosos antaño en tierras jienenses por la inenarrable hazaña del tito Aguilar, que con las mismas sandalias llegó desde la Carolina hasta la tierra del sol naciente.

Acogiéronles los montoreños con especial e inusual cariño, ignorantes de los fatales acontecimientos que tendrían lugar en sus propias tierras.

Transcurrieron los días en el cortijo entre risas, chascarrillos y charlas ingenuas y llanas. Mas…. ¡oh terrible día! ¡Oh, domingo maldito! Quiso la fortuna, Dios, o quienquiera que dominara en los pensamientos de Arantxa, que así se llamaba la benjamina de los hermanos Castillo, que su mente trastornada eligiera un atuendo digamos…. poco adecuado. Y aquí debo añadir que esto es bastante extraño en una muchacha que derrocha glamour hasta tirando un envase de yogur…

Cuando ya estábamos todos preparados para el matinal paseo por los desiertos olivares de Montoro se presenta Arantxa con su habitual elegancia: estilosa pamela con un toque rústico, floreada camiseta envidia de las amapolas del campo, zapatillas con un adorno dorado que combina con el detalle del cinturón del pantal…. ¡¡¡¡¡Dios mío!!!!!! ¡¡¡¡¡¡Pero si son los pantalones del pijama!!!!!

Atónitos todos clamamos: ¿Pero por qué vas en pijama?, ¿estás bien, hermana? Mas ella hacía oídos sordos y terca insistía: ¿A que no parece un pijama? Una y mil veces repitió la pregunta con un frío brillo de locura en sus ojos. He de confesar que sentí cierta perturbación. Bueno, seré sincera, en aquel momento me invadió un miedo que me recorrió todo el cuerpo. Presagié entonces que algo malo iba a pasar en aquel paseo.

El tiempo ya apremiaba y el sol iba ya camino del mediodía, de modo que decidimos seguirle la corriente y darle la razón para al fin dar aquel fatal paseo para la fauna local.

–¡Qué mona vas! De verdad, te juro que no parece un pijama– mentía yo como una bellaca.

–Vas supermona, en serio te lo digo– fueron las falsas palabras de Olga.

Tranquilo transcurría el paseo cuando de pronto escuchamos extraños quejidos. Miramos en derredor, mas ningún humano vimos, solo dos ejemplares de cabra montesa que se retorcían en alocados gestos y contorsiones. ¿Estaban febriles aquellas cabras? ¿Algún virus infame las había enloquecido? ¿Quizá sus primas las vacas locas las habían visitado y la enfermedad les habían pegado?

Mas con gran asombro asistimos a un inaudito diálogo. Así, entre desconsolado llanto, la cabrita decíale al cabrón: ¿Acaso no es propia la locura de las cabras? ¿Por qué esta humana anda con pijama vestida? Gritaban ambas desesperadas: ¿Por qué esta extraña nos desafía?, ¿es que nuestra cordura ansía? Tal fue el shock que las pobres cabras sintieron, que desde entonces andan vagando por los olivares preguntándose por su existencia: ¿Qué somos? ¿A dónde vamos? ¿Cuál es la verdadera ontología de la cabaña caprina…?


Desde aquellos días, las cabras cordobesas ya no balan, ya no saltan como locas, sino que en serios simposios debaten y dialogan sobre los insondables misterios de la mente humana, y todo… ¡por una humana en pijama!