Autora: Ángeles del Castillo Aguas

lunes, 2 de junio de 2014

¿Por qué la cabra montesa ya no está como una cabra?



Cuenta la leyenda que allá por el año de 2014, hace ya más de un milenio, arribó a la cordobesa ciudad de Montoro una familia risueña y simpática, de altos ideales pero… de baja talla. Eran los Castillo, famosos antaño en tierras jienenses por la inenarrable hazaña del tito Aguilar, que con las mismas sandalias llegó desde la Carolina hasta la tierra del sol naciente.

Acogiéronles los montoreños con especial e inusual cariño, ignorantes de los fatales acontecimientos que tendrían lugar en sus propias tierras.

Transcurrieron los días en el cortijo entre risas, chascarrillos y charlas ingenuas y llanas. Mas…. ¡oh terrible día! ¡Oh, domingo maldito! Quiso la fortuna, Dios, o quienquiera que dominara en los pensamientos de Arantxa, que así se llamaba la benjamina de los hermanos Castillo, que su mente trastornada eligiera un atuendo digamos…. poco adecuado. Y aquí debo añadir que esto es bastante extraño en una muchacha que derrocha glamour hasta tirando un envase de yogur…

Cuando ya estábamos todos preparados para el matinal paseo por los desiertos olivares de Montoro se presenta Arantxa con su habitual elegancia: estilosa pamela con un toque rústico, floreada camiseta envidia de las amapolas del campo, zapatillas con un adorno dorado que combina con el detalle del cinturón del pantal…. ¡¡¡¡¡Dios mío!!!!!! ¡¡¡¡¡¡Pero si son los pantalones del pijama!!!!!

Atónitos todos clamamos: ¿Pero por qué vas en pijama?, ¿estás bien, hermana? Mas ella hacía oídos sordos y terca insistía: ¿A que no parece un pijama? Una y mil veces repitió la pregunta con un frío brillo de locura en sus ojos. He de confesar que sentí cierta perturbación. Bueno, seré sincera, en aquel momento me invadió un miedo que me recorrió todo el cuerpo. Presagié entonces que algo malo iba a pasar en aquel paseo.

El tiempo ya apremiaba y el sol iba ya camino del mediodía, de modo que decidimos seguirle la corriente y darle la razón para al fin dar aquel fatal paseo para la fauna local.

–¡Qué mona vas! De verdad, te juro que no parece un pijama– mentía yo como una bellaca.

–Vas supermona, en serio te lo digo– fueron las falsas palabras de Olga.

Tranquilo transcurría el paseo cuando de pronto escuchamos extraños quejidos. Miramos en derredor, mas ningún humano vimos, solo dos ejemplares de cabra montesa que se retorcían en alocados gestos y contorsiones. ¿Estaban febriles aquellas cabras? ¿Algún virus infame las había enloquecido? ¿Quizá sus primas las vacas locas las habían visitado y la enfermedad les habían pegado?

Mas con gran asombro asistimos a un inaudito diálogo. Así, entre desconsolado llanto, la cabrita decíale al cabrón: ¿Acaso no es propia la locura de las cabras? ¿Por qué esta humana anda con pijama vestida? Gritaban ambas desesperadas: ¿Por qué esta extraña nos desafía?, ¿es que nuestra cordura ansía? Tal fue el shock que las pobres cabras sintieron, que desde entonces andan vagando por los olivares preguntándose por su existencia: ¿Qué somos? ¿A dónde vamos? ¿Cuál es la verdadera ontología de la cabaña caprina…?


Desde aquellos días, las cabras cordobesas ya no balan, ya no saltan como locas, sino que en serios simposios debaten y dialogan sobre los insondables misterios de la mente humana, y todo… ¡por una humana en pijama!