Autora: Ángeles del Castillo Aguas

martes, 8 de septiembre de 2015

Una mirada atrás: el teléfono

Hoy he reparado en uno de los recuerdos de mi niñez que aún a día de hoy añoro: el teléfono con cable.
El aparato que teníamos en casa hace cuarenta años era un viejo teléfono negro de baquelita colgado en la pared que fue, en sus buenos tiempos, mensajero de alegres mensajes, confesor de muchos amores y portador, aunque me pese, de noticias terribles.
Tenía aquel teléfono un largo cable en espiral por el que, como por arte de magia, viajaba la voz de aquellos que llamaban. Confieso arrepentida que aquel cable sufrió las más terribles torturas imaginables por parte del puñado de adolescentes que vivíamos en casa. Me explico: el teléfono estaba justo al final de un pasillo, junto a la habitación de las cuatro hermanas, y era precisamente esta habitación la que hacía las veces de confesionario cuando llamaba alguno de los enamorados de cualquiera de nosotras; el cable se estiraba y se estiraba como si sus extremos estuvieran en un potro de tortura medieval. Pero no todo era sufrimiento, al menos por mi parte, ya que durante mis conversaciones de amor era precisamente este cable el que acariciaba suavemente, enrollándolo y desenrollándolo entres mis dedos como si fueran los rizados cabellos de mi enamorado. Tras una hora de dulce conversación aquel cable, como era previsible, quedaba flácido y maltrecho.
Recuerdo también con cierta melancolía la ruleta para marcar los números, esa suave cadencia del craqueteo de la rueda al volver a su posición tras arrastrarla con el dedo índice…
Pero he de reconocerle más méritos a ese aparato, ya que aquel teléfono nos enseñó a ser valientes y a enfrentarnos con situaciones nuevas e imprevistas. En la actualidad, los teléfonos móviles nos permiten saber quién llama antes de aceptar la llamada, es decir, nos facilitan la huida o al menos nos dan tiempo para inventar una excusa; pero hace cuarenta años, el hecho de levantar el auricular era un acto de valentía, ya que podía ser cualquiera, y cuando digo cualquiera me refiero a un bromista, un amigo, un admirador secreto o un novio despechado, que de todo tuvimos en mi casa entre tantos hermanos.
Favoreció, asimismo, que estuviéramos en un perfecto estado físico, ya que ciertas llamadas nos obligaban a correr por el larguísimo pasillo de casa en busca del amparo de nuestra madre. Recuerdo, por ejemplo, cuando llamaban por teléfono preguntando por uno de mis hermanos y atendía yo el teléfono: “Es Carolina”, le decía con una risita pícara a mi hermano, y después huía corriendo por el pasillo gritando “¡Mamaaaaaaá, a Javi le ha llamado una chica que se llama Carolina!”, mientras mi hermano, como el Dr. Jekyll y Mr. Hyde, contestaba el teléfono dulcemente mientras su mirada furiosa me fulminaba (en este punto debo decir, para que esto tenga sentido, que la novia de mi hermano Javi en esa época era Toñi, a la que mi madre ya tenía el gusto de conocer).

En fin, aquel teléfono fue testigo de amores, rupturas, bromas, y cómo no, de tristezas y alegrías. 

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