Autora: Ángeles del Castillo Aguas

lunes, 14 de diciembre de 2015

Mi hermana Paloma


Ya desde muy pequeña mi hermana Paloma tenía muy claro lo que quería ser en la vida: un caballo. Sí, has leído bien, “un caballo”. Y créeme que si hubiera sido una cuestión de voluntad el conseguirlo, ahora estaría describiendo a un precioso pura sangre color caramelo, de brillante lomo y mirada profunda.

Jamás he conocido a nadie que desde tan tierna edad tuviera tan claras las cosas en su vida. Recuerdo vivamente que con apenas tres años, Paloma corría “cual veloz corcel” por el interminable pasillo de casa. Si bien es cierto que en los primeros años su estilo no estaba muy depurado, con el pasar del tiempo su trote se hizo más vistoso, e incluso aprendió a ponerse de manos en una elegante pose. Ni que decir tiene que su veloz deslizar por el pasillo iba acompañado de relinchos que me pregunto ahora si tendrían algún significado o si eran pronunciados al azar. Este es un secreto que tal vez Paloma algún día quiera desvelar.

Y no puedo olvidarme de sus dibujos de caballos, misterio insondable e inexplicable digno de un especial de “Quinto milenio”. La pequeña Paloma tenía muchas habilidades, pero entre ellas no destacaba la vis artística; sin embargo, era capaz de dibujar caballos en todas las poses, perspectivas, posturas, tamaños... con una perfección ciertamente sorprendente. Cierro ahora los ojos y estos caballos me recuerdan los esbozos que los grandes pintores hacían para preparar las escenas de lo que luego representarían en sus lienzos. A su imaginación solo le hacían falta un lápiz y un papel, porque los modelos los tenía en su cabeza.

Paloma es un espíritu libre, siempre lo ha sido, y siempre la he envidiado por ello. Ella es todo lo contrario que yo cuando éramos pequeñas: yo muy prudente, ella muy atrevida; yo demasiado obediente, ella ajena a las normas; yo muy miedosa... y ella muy valiente. ¡Cómo me hubiera gustado ser como ella!

Cuando de pequeños en la tele ponían una película de dos rombos, ella se atrevía a verla, agazapada detrás de la puerta del salón, y yo asustada pensaba: ¡Dios mío, qué insensata! En las películas de dos rombos se ven cosas de mayores, se ven... ¡¡¡¡besos!!!! Pero en el fondo yo sabía que Paloma era fuerte y que era capaz de aguantar incluso las más tórridas escenas (de entonces, claro) sin asustarse ni ruborizarse.

Siendo muy pequeña, cinco o seis años, se escapó del colegio... semidesnuda. El uniforme le molestaba, de modo que pensó ¿por qué no quitármelo? Y dicho y hecho, fuera el uniforme y a buscar alguna aventura vestida solo con una combinación (que antes todas las niñas llevábamos esta prenda, de la cual desconozco la utilidad real). Pero ella no lo veía como algo malo, ¡solo había salido a dar una vuelta! A partir de entonces, el colegio del Parque Móvil decidió cerrar sus puertas para que no hubiera más fugas “infantiles”.

Pero su pasión por los caballos no se quedó solo en sus idas y venidas a cuatro patas por el pasillo, sino que se convirtió, con el paso de los años, en el motor de su vida.

Si tuviera que describir a Paloma solo utilizaría dos palabras: pasión y libertad.