Autora: Ángeles del Castillo Aguas

viernes, 16 de diciembre de 2016

Adelgazar a base de polvos

Ángeles, querida amiga,
“Adelgazarás sin fatiga
con tres polvos al día
y un batido al mediodía”
me anunció mi buena amiga,
“y en quince días preciosa
lucirás como una rosa”.

¡Dios mío! ¡Qué atrevida,
no haré eso en la vida!
Y a mis castos pabellones auditivos,
ordené sin paliativos:
“No atendáis a tales motivos,
pues son harto lascivos”

Pero de regreso al hogar,
pícara comencé a imaginar…
¡Dios mío, qué actividad!
exclamé con ingenuidad.
Cierto es que estoy hambrienta,
mas no sé si podré a mis cincuenta
con dignidad aguantar
tan vasto trato carnal.

En la oscuridad de mi habitación
luché en vano contra mi razón:
¿me impulsará la sexual penuria
a entregarme a la lujuria?

Fidelidad no debo a varón,
libre está mi corazón,
pues ya no tengo esposo,
ni galán de mis besos ansioso.

Al alba al fin me decidí
y a la proposición accedí.
Mas miréme al espejo…
y vi un penoso reflejo:
de tanto tiempo en la reserva
no tenía vello… ¡sino hierba!

Presta fui en busca de ayuda:
mientras pasaba la cuchilla,
la chica que me depilaba
cual el Mío Cid sudaba
por los campos de Castilla.

Llegado había el ansiado día
de comenzar mi dieta impía.
De exquisitos ungüentos y delicada esencia
cubrí mi mala conciencia,
y aunque no es propio de los Castillo,
me desayuné un carajillo.

Nerviosa interrogué a Ana,
por el primer hombretón…
mas ante mí desplegó un batallón
de cajas de cartón,
y para tranquilizarme
comenzó a explicarme:

“Aquestos polvos son natillas
y con estos haces tortillas,
esos otros ricas croquetas
y los polvos rosas,
tiernas chuletas”.

¡Oh tremenda decepción!
¡Oh villana traición!
Se hundió mi gozo en un pozo
pues no yaceré con viril mozo.

Sollozando desconsolada,
confusa me lamentaba:
¿No habrá fuertes varones,
ni hercúleos mozarrones,
ni dulces y tiernos efebos…
¿ni siquiera tipos flojuchos,
escuálidos,
canijos,
delgaduchos…?

Desde aquel fatídico día
vago día y noche perdida
llorando mi terrible desdicha,
mascullando en mi locura
cuando llega la noche oscura
al compás de la mecedora:

Polvos tres veces al día
y un batido al mediodía...

Polvos tres veces al día
y un batido al mediodía…

domingo, 13 de noviembre de 2016

El embrujo de los viejos diccionarios

Con toda seguridad, en algún momento de tu vida has tenido que acudir a la ayuda de un diccionario para saber exactamente el significado de una palabra, o qué te quiso decir tu suegro cuando te llamó “gaznápiro” con sospechosa amabilidad, y en ese momento no supiste si te estaba adulando o insultando, de modo que dibujaste una bobalicona sonrisa en tu cara.
En mi caso, utilizo varios diccionarios en mi tarea diaria, pero desde hace tiempo vengo notando cierta desazón, un malestar cuyo origen no he podido desentrañar hasta que, por una impertinente avería de mi línea telefónica, tuve que recurrir a uno de mis viejos diccionarios en papel. Sinceramente, no recordaba cuándo fue la última vez que lo consulté.
Ciertamente contrariada, abrí el diccionario y comencé a deslizar mi vista por sus páginas; al principio, tanta información me abrumaba... pero pasados unos minutos me vi volando sobre aquellas páginas, navegando entre sus columnas esperando a que algunas de aquellas palabras saltaran pizpiretas a mi encuentro. Me detuve en primer lugar en el término “algarabía”. Bonita palabra, pensé, y continué mi inesperado viaje por sus páginas, donde me topé con “frenesí”, que siempre me ha parecido una palabra con mucho carácter, o con “manicorto”, que es una simpática forma de llamar “tacaño”. Tan pronto estaba en la “D” como en la “P”, quería emborracharme y llenar mi cabeza de los nuevos significados, sensaciones y sentimientos que esas viejas palabras encerraban. Tanto como su significado, despertaba mi curiosidad su etimología, muchas del latín y del griego, infinitas del árabe, y muchas otras de origen diverso y lejano.
El tiempo se me pasó como a San Virila, el abad del Monasterio de Leyre (Navarra) que salió a dar un paseo y el canto de un ruiseñor le mantuvo preso de sus cavilaciones sobre la eternidad nada menos que 300 años. “Cavilaciones” es también una preciosa palabra.
Ese lento discurrir por las columnas del diccionario fue como un delicioso paseo sin prisa, sin rumbo, en el que a cada paso me sorprendía una nueva palabra.
Comprendí que los diccionarios en papel tienen vida, y que todas aquellas palabras salieron a mi encuentro como si escaparan de una oscura mazmorra, como si hubieran estado encerradas allí durante siglos y ahora tuvieran que aprovechar esa ocasión, tal vez única, de embrujarme y seducirme para que mis manos volvieran a acariciar sus cubiertas y mis dedos cortejaran a todas esas deliciosas palabras, algunas de las cuales, orgullosas y en el momento preciso, saldrán de mis labios.

Este artículo se publicó en la revista online Wall Street International Magazine: http://wsimag.com/es/cultura/20523-el-embrujo-de-los-viejos-diccionarios


jueves, 20 de octubre de 2016

Regala abrazos


En esta ocasión, mi idea era escribir un artículo riguroso, serio y fundamentado científicamente, de modo que hace un par de semanas comencé a buscar en las bases de datos médicas bibliografía sobre los beneficios para la salud de los abrazos.

Para mi sorpresa, encontré varios estudios que, avalados por universidades o sociedades científicas, alababan las bondades de esta manifestación de afecto. En todos ellos aparecían los mismos protagonistas, unas veces de puntillas y otras con enorme desparpajo: sistema inmunitario, cortisol, serotonina, dopamina, oxitocina y otro regimiento de raras sustancias químicas. Y todos estos estudios hacían una revisión de las bondades fisiológicas de los abrazos: reducen la tensión arterial, mejoran el sistema inmunitario, estimulan la oxigenación de los tejidos e incluso relajan los músculos. Uno de ellos se aventuraba incluso a prescribir el número de abrazos necesarios para mantener una buena salud: cuatro. Me quedé atónita tras leer esta información, sin palabras, e inmediatamente tiré a la papelera todos los artículos que había estado leyendo: lo que yo buscaba no estaba en aquellos estudios.

Todos llegaban a la misma conclusión: los abrazos son una terapia muy saludable, pero ninguno de ellos había logrado profundizar en el sentido verdadero e íntimo del abrazo.


Ninguno hablaba de la ternura del abrazo, de esa dulce sensación de fundirte con el otro, de traspasar la piel.

Ninguno explicaba la razón de la deliciosa calidez del contacto de la piel, ese contacto que limita nuestro cuerpo y nos sitúa en el mundo como seres únicos e independientes.

Ninguno daba razón de la suave respiración de ese momento en que abrazas a tu hijo como si quisieras transmitirle un universo de sentimientos.
Ninguno había estudiado el susurro de las manos en su lento discurrir por la espalda de la persona amada.

Ninguno desentrañaba el hecho de que cuando abrazamos cerramos los ojos para sentir ese abrazo con toda la intensidad de que somos capaces, para concentrarnos y no distraernos con el mundo de sensaciones que nos rodea.

Ninguno hablaba del olor del abrazo o del aroma que queda impregnado en la piel. Nada encontré sobre ello.

Ninguno estudiaba la relatividad del tiempo del abrazo, infinito unas veces, y otras tan breve como un suspiro. Tal vez ese momento no pueda medirse físicamente.

En fin, no se me ocurre otra manera mejor de coronar estas líneas que con un abrazo, pero no de los que se estudian en las revistas médicas, sino un abrazo de verdad, de los que reconfortan el alma.



miércoles, 14 de septiembre de 2016

La mudanza

Llevaba meses rondando en mi cabeza una preocupación: la mudanza. Tras más de quince años viviendo en lo que era mi casa, mi refugio, había llegado el momento de abandonarla. Tuve entonces la sensación de que alguna extraña fuerza del universo me arrancaba con furia de mi casa para trasladarme a otro lugar, una ciudad extraña, con gentes desconocidas, calles ajenas… me preguntaba cómo afrontaría ese nuevo reto que la vida me proponía.

El traslado de muebles, libros, cuadros y todo tipo de cachivaches fue todo lo ordenado que puede ser, de modo que esa primera fase la superé satisfactoriamente. El miedo a enfrentarme con mi vida entera lo pude evitar con algo tan prosaico como el dinero: serían los operarios de la empresa de mudanzas los que recogerían y embalarían cada uno de los objetos y momentos que habían dado sentido a mi vida. Aunque sabía que finalmente me debería enfrentar a mirar atrás, conseguí demorar este momento al menos unos días.

Cuando por fin me quedé sola en casa con todas aquellas cajas que albergaban mi vida entera, sentí una mezcla de miedo y ansiedad. Una a una, debía ir desgranándolas y enfrentándome a su desconocido contenido.

Comencé la tarea y lo que creía que sería un tedioso trabajo se tornó en un delicioso paseo por mi vida, en el que poco a poco he reencontrando historias y revivido momentos. He de reconocer que con el paso del tiempo todos los recuerdos han mutado su naturaleza; así, todos aquellos que me recordaban momentos infelices se han hecho ciertamente más suaves, menos agresivos, mientras que los que evocaban en mi memoria tiempos mejores e historias inolvidables se han teñido de melancolía y cierto toque de tristeza, probablemente por todo aquello bueno que se fue y que por ley de vida no ha de volver.

Docenas de fotografías antiguas han tirado de mí, como si de una cometa de tratase, y me han devuelto a mis orígenes, mi familia, mi refugio. Tristeza por los que ya no están, y felicidad por los que seguimos en el mismo camino de la vida. Todas ellas tienen su valor, y todas ellas son únicas.

Colocando mis libros, uno a uno, he ido comprendiendo cómo y por qué cada uno de ellos ha dejado alguna huella en mi paseo por este mundo.

En fin, cada uno de esos objetos con significado propio que he colocado me ha hecho sentir la ilusión por comenzar un camino nuevo... pero arropada por toda la vida que llevo a mis espaldas. Comenzar de cero, nacer de nuevo.

Publicado en Wall Street International el 18 de marzo de 2016.

jueves, 17 de marzo de 2016

Orgullosa de mi segundo apellido: Aguas

Recientemente he empezado a colaborar con una revista online en la que tengo la gran suerte de poder escribir sobre lo que quiera. Soy libre. Cuando me enviaron mi primer artículo maquetado para que le echara un vistazo en busca de posibles errores o erratas, que todo es posible, reparé en que figuraba solo con mi primer apellido. Sentí que algo faltaba, que aquella persona que firmaba como autora no era yo, solo era una tal Ángeles del Castillo. Faltaba algo muy importante, faltaba la mitad de mi yo, la mitad de mi personalidad: mi segundo apellido.


Cómo podía obviar el apellido de mi madre, una mujer fuerte y avanzada para su tiempo que se vio obligada, por las circunstancias históricas y sociales del momento, a abandonar su profesión para dedicar a sus hijos todos sus días con todas sus horas.

Guadalupe, que así se llama mi madre, nació poco antes de la guerra civil, y vivió una infancia todo lo feliz que podía ser en aquellas circunstancias. Vivía con sus padres en el madrileño barrio de Cuatro Caminos, y fue allí donde pasó los años de la guerra. Son muchas las veces que nos ha contado que en ocasiones se tenían que esconder en la casa y alejarse de las ventanas porque había peligro de balas perdidas… era como jugar.

Años después de la guerra, mi madre estudió una carrera: Perito Mercantil. Era una de las pocas mujeres de su promoción; de las pocas y de las más jóvenes, pues tenía compañeros de promoción que ya habían sobrepasado con creces la treintena. Y comenzó a trabajar en la misma empresa que su padre, mi abuelo Faustino. Si bien es cierto que ingresó en la compañía por ser hija de un empleado, pronto demostró que era muy diligente en todas sus tareas, de modo que se fue promocionando. Puedo decir con orgullo que mi madre fue una de las primeras personas en España que trabajó con un ordenador IBM; incluso le propusieron desplazarse a Londres para aprender el manejo de aquellas complejas máquinas que dominarían el mundo. Desgraciadamente, esto no fue posible, porque a mis abuelos les pareció una idea descabellada: ¡Cómo iban a dejar que su hija se fuera sola a Londres! Y esta fue la primera puerta que se cerró en su carrera profesional.

Precisamente en esta empresa conoció a Paco, mi padre, con el que se casaría algunos años después, pese a la oposición de mis abuelos, que no veían con buenos ojos aquella unión. A pesar de todo, mi madre se armó de valentía y se rebeló: no iba a dejar que de nuevo sus padres le cerraran un camino que ella quería recorrer.

Como era costumbre en aquellos tiempos –hablamos de los años cincuenta–, al contraer matrimonio, mi madre tuvo que dejar de trabajar… muy a su pesar. Sé que mi madre hubiera sido muy feliz si la hubieran permitido seguir trabajando, desarrollando su profesión, pero no pudo ser.

En los años siguientes fuimos naciendo sus siete hijos, a los que crió y educó con todo su esfuerzo y trabajo. Yo en su lugar habría vivido en una especie de furia permanente con la vida, pero ella sintió que tenía el poder de cambiar las cosas, de hacer que sus hijos vivieran otra realidad muy distinta de la suya. Mi madre nos educó para que fuéramos dueños de nuestra vida, de nuestros pensamientos, para que fuéramos independientes y libres, en fin, todo aquello que ella no había conseguido para su propia vida. Nos enseñó también a ser responsables, serios y comprometidos con todo aquello que emprendamos y con todas las personas con las que compartimos el camino. Nos enseñó que todo lo que empecemos, debemos terminarlo. Y nos enseñó un sentimiento que parece que hemos inventado hace dos días: empatía.

¿Cómo no estar orgullosa de mi segundo apellido?

domingo, 13 de marzo de 2016

El aterrador cuarto de baño de mi nueva casa

Uno de los requisitos principales cuando busqué una nueva casa es que tuviera luz, ya que esta es la energía que necesito a diario para enfrentarme con la vida: los rayos del sol. Y mi nueva casa es luminosa, muy luminosa. 

Cuando alquilé la casa solo reparé en que se adaptaba a mis necesidades: cocina, salón, cuatro dormitorios y dos cuartos de baño… ¡Perfecta!

Tiene casi todo lo que puede esperarse de una casa... salvo un pequeño detalle: el cuarto de baño principal. Me gustaría encontrar las palabras más adecuadas y precisas para describirlo, pero creo que va a ser muy difícil, incluso para mí, que trabajo con el lenguaje.

Reconozco que al principio me hizo gracia el susodicho cuarto de baño, y lo describía a mis amigos y familiares como de la época de los primeros episodios de “Cuéntame”, lo que desencadenaba las risas correspondientes. Pero el asunto era más serio de lo que jamás habría imaginado. 

Primero quiero que te sitúes: sus paredes están “tapiadas” por una suerte de azulejo sesentero que tal vez algunos ahora tildarían de vintage, pero que en realidad es una muestra viva del horror del diseño industrial de la época: fondo blanco con llamativo haz de rayos verdes que parten del centro para alcanzar todo el perímetro de cada azulejo. Las paredes vienen a morir en una especie de suelo carcelario que en algún momento de su dilatada historia fue blanco… ¿o tal vez blanco roto? Bueno, en realidad es ahora cuando se puede calificar de “blanco roto” y no precisamente por el color.

En este peculiar ambiente conviven en armonía los sanitarios, de un atrevido color verde desvaído. El conjunto está rematado con los accesorios, todos a juego, de madera color pino. Jamás había visto tanto accesorio y tan… espantoso: una estantería rinconera, un portarrollos, dos portavasos, dos toalleros y, finalmente, dos farolillos flanqueando un vetusto espejo (en el que casi no alcanzo a mirarme, pues está situado a escasos dos palmos del techo). El primer día que entré en aquel cuarto de baño, con su mortecina luz, mi mirada quedó presa en los farolillos, tal era la atracción que ejercían sobre mí que me quedé muda, paralizada. No sé cuánto tiempo pasó, tal vez segundos, minutos… o quizá horas. Sus tulipas en forma de flor, con su cristal color ámbar en el que orgullosas se mecían unas espigas de trigo me hipnotizaron… Logré al fin zafarme de su poder y abrí el grifo para refrescarme la cara y despertar de aquel mal sueño, mas… ¡Dios mío! Pero… ¿qué me estaba pasando? Un sobrecogedor escalofrío recorrió mi cuerpo y me sentí atraída por el desagüe del lavabo, como si me abdujera su magnitud, su oscuridad, su poder infinito. Mis manos nerviosas buscaron a ciegas el tapón y luchando contra aquel gigante… conseguí encerrarlo en su mazmorra.

En estos días me persigue siempre la misma aterradora pesadilla que me despierta cada noche, y que se hace realidad cada vez que debo proceder al ritual diario de la ducha. Pero sé que algún día me libraré de ella.

Ahora trabajo sin descanso para liberarme de este horror y error del ser humano. Cada palabra que corrijo sé que me acerca un paso a mi sueño: reformar el cuarto de baño ;-)

domingo, 3 de enero de 2016

El pasillo de casa

El pasillo de casa era largo, larguísimo, y fue una parte importante del escenario de nuestra niñez. Tenía aquel pasillo metros y metros que se doblaban como un regaliz para formar una “U” que a mis ojos de niña parecía enormemente grande.

Ese pasillo, que ahora imagino triste y solitario, fue durante años el teatro de nuestros juegos; recuerdo cuando todos mis hermanos (nada menos que siete), grandes y pequeños, nos apiñábamos en una de las esquinas, frente al tramo más largo, y jugábamos al escondite inglés. ¡Una, dos y tres, al escondite inglés, sin mover los pies! gritaba el que la ligaba, y mientras decía estas palabras el resto corríamos como si en ello nos fuera la vida; y al oír la última palabra de la retahíla nos dábamos la vuelta y nos quedábamos quietos, inmóviles…  Era un momento confuso en el que se entretejían la tensión y la risa contenida; el recelo y la desconfianza… hasta que, incapaces de contenernos, de nuestros mínimos cuerpos petrificados saltaban las risas como si fueran las chispas de una bengala. Creo recordar que el juego siempre terminaba con problemas…

Ese largo pasillo sirvió también de escondite a nuestro espíritu aventurero y rebelde: agazapados dos o tres niños en el pasillo detrás de la puerta del cuarto de estar, asistíamos nada menos que a… ¡películas de dos rombos! ¡Dios mío, eso sí que era una misión peligrosa! ¡UNA PELÍCULA DE DOS ROMBOS, estábamos arriesgando demasiado! Ciertamente, podía más la ilusión de saber que estábamos viendo algo que nos estaba prohibido que realmente la película en sí misma, porque para ver la pantalla de la televisión debíamos esquivar las sillas y la mesa grande, así que en realidad la película quedaba reducida a la banda sonora y algún medio beso de los protagonistas que desataba en nosotros una risita pícara que en ocasiones nos delataba… Para mí, niña buena y obediente en demasía, aquello ya entraba en el campo de lo prohibido, de modo que participé poco en esta actividad furtiva; sin embargo, mi hermana pequeña, Paloma, se atrevía a todo con valentía y sin temor a ser descubierta… ¡cómo envidiaba su valor!


En aquel pasillo hicimos realidad aquella frase que decía mi madre cuando no estaba muy contenta precisamente con nosotros: “¡Estoy que me subo por las paredes…!”. Mi hermano, de ojos oscuros y traviesos con largas pestañas, era el auténtico artista, el más intrépido escalador, el más hábil equilibrista…  con los brazos en cruz en medio del pasillo, apoyaba las palmas de las manos en las paredes opuestas, y soportando en ellas el peso de su cuerpo, iba subiendo por las paredes poco a poco, primero un pie y luego el otro, hasta tocar con la cabeza en el techo. El súmmum del juego era… ¡plantar toda la palma de la mano en el techo! Hasta hace pocos años para mi madre fueron un misterio esas manchas en forma de manos humanas diminutas que había en el techo del pasillo… ¿Será algo parecido a las caras de Bélmez?, a buen seguro se preguntó ingenua mi madre más de una vez… 

Sobre la gratitud

En esta ocasión, mi reflexión gira en torno a una palabra muy habitual, que todos utilizamos o deberíamos utilizar con más conciencia de su profundo significado: “gracias”.

La palabra “gracia” proviene del término latino gratia, cuyo significado es “favor”, “simpatía”, “estima”. Pero tengo la sensación de que hemos vaciado esta palabra de contenido para convertirla en un mero formulismo social. Sin embargo, el hecho de dar las gracias es algo más que una cuestión de educación.

Un minuto de reflexión sobre su sentido nos ayudará a reencontrarnos con su verdadero significado, con lo que tiene de profundo y humano. Cuando damos las gracias por algo —no importa si ese algo es un enorme favor o si es un sencillo gesto—, estamos comunicando a la otra persona muchas cosas, muchos sentimientos: que nos ha ayudado en alguna tarea, que nos ha guiado en determinado sentido, pero, sobre todo, que nos ha dedicado parte de lo más valioso que tenemos en nuestra vida y que es imposible recuperar: nos ha regalado su tiempo, nos ha dedicado unos segundos, unos minutos, de su vida.

El aprendizaje de los niños parte de la observación e imitación de todo lo que tienen a su alrededor, y, obviamente, sus modelos más cercanos son sus padres. Recuerdo que de niña me gustaba salir con mi madre, las dos solas, no importaba adónde: a comprar, al banco o incluso a vacunarme. He de decir que, en mi caso, esto era una suerte, porque tenía que conseguir que mis otros seis hermanos no quisieran acompañarnos. Yo sentía que mi madre era especial, era la mejor madre del mundo y, en esos días en que íbamos las dos solas, tenía la suerte de que fuera solo mía; era como un sueño del que no quería despertar. Mi madre hacía entonces (y, por supuesto, sigue haciendo) algo que me encantaba: siempre agradecía cualquier atención con una palabra que a mí me parecía muy dulce: “gracias”, a la que siempre arropaba con una amable sonrisa. Definitivamente, quería ser como mi madre, de modo que comencé a imitarla y a utilizar aquella preciosa palabra, “gracias”, siempre que tuviera ocasión. A día de hoy sigo utilizándola a diario cuantas veces puedo y he observado que mis hijos, sin yo aleccionarlos lo más mínimo, la emplean habitualmente con naturalidad y siempre, siempre, acompañada de una sonrisa.

Al hilo de mi recuerdo de la infancia, me detendré ahora en la manida… ¿pregunta?, ¿amenaza?, ¿prueba de educación? que se hace al niño cuando en la tienda le han dado una piruleta: “¿Qué se dice?”. En mi opinión, a veces es una pregunta trampa y con un enfoque desafortunado. En algunas ocasiones, el niño, tal vez por rebeldía, se niega a pronunciar esa palabra en que tan machaconamente los adultos insisten, “gracias”, y, si la dice, en su interior el niño está pensando: “Venga, papá, la voy a decir pero solo para que me dejes tranquilo, que eres muy pesado”. Y de sus labios salen los sonidos que conforman esa palabra, pero está vacía de contenido. Hemos fracasado: el niño no comprende lo que es la gratitud.

Podemos sermonear a nuestros hijos y recordarles que son muy afortunados y que tienen que dar las gracias por muchos motivos: viven en un mundo civilizado, tienen una casa y comida caliente todos días, tienen su familia, disfrutan de sus amigos, pueden ir al colegio, juegan en el parque, tienen millones de juguetes, libros, etc. Pero lo más probable es que a los diez segundos ya no nos presten atención y estén deseando irse a jugar: esas cosas que papá y mamá les dicen sobre los niños de África no son reales, solo pasan en la tele.

Tal vez sería interesante intentar explicar a nuestros hijos todo lo que esa sencilla palabra lleva implícito, pero llevándolo a la práctica. Hagamos el experimento: vamos a entrar en una tienda y a comprar algo. Cuando paguemos y el dependiente nos dé el cambio, le agradeceremos su atención con un sencillo “muchas gracias” acompañado de una sonrisa. Cuando salgamos de la tienda le explicaremos a nuestro hijo por qué le hemos dado las gracias a “ese señor” al que no conocemos de nada: porque nos ha dado los buenos días, porque nos ha atendido amablemente, porque nos ha ayudado a decidirnos en nuestra compra, porque nos ha dedicado su tiempo y nos ha agradecido que compremos en su tienda porque así él podrá mantener su casa y a su familia. En un momento haremos comprender a nuestro hijo que esa machacona y automática fórmula de cortesía tiene más profundidad y sentido de lo que parece.

Y, cuando lleguemos a casa, le agradeceremos a nuestro hijo el hecho de habernos acompañado a la tienda, habernos entretenido con esa historia del cole que le pasó en el patio, habernos abierto la puerta de casa porque íbamos muy cargados o, sencillamente, habernos hecho reír con esa palabra con la que siempre se le traba la lengua.

En fin, solo unas palabras para terminar esta breve reflexión personal: muchas gracias por haber dedicado unos minutos de tu preciado tiempo a leer estas líneas.