Autora: Ángeles del Castillo Aguas

domingo, 3 de enero de 2016

El pasillo de casa

El pasillo de casa era largo, larguísimo, y fue una parte importante del escenario de nuestra niñez. Tenía aquel pasillo metros y metros que se doblaban como un regaliz para formar una “U” que a mis ojos de niña parecía enormemente grande.

Ese pasillo, que ahora imagino triste y solitario, fue durante años el teatro de nuestros juegos; recuerdo cuando todos mis hermanos (nada menos que siete), grandes y pequeños, nos apiñábamos en una de las esquinas, frente al tramo más largo, y jugábamos al escondite inglés. ¡Una, dos y tres, al escondite inglés, sin mover los pies! gritaba el que la ligaba, y mientras decía estas palabras el resto corríamos como si en ello nos fuera la vida; y al oír la última palabra de la retahíla nos dábamos la vuelta y nos quedábamos quietos, inmóviles…  Era un momento confuso en el que se entretejían la tensión y la risa contenida; el recelo y la desconfianza… hasta que, incapaces de contenernos, de nuestros mínimos cuerpos petrificados saltaban las risas como si fueran las chispas de una bengala. Creo recordar que el juego siempre terminaba con problemas…

Ese largo pasillo sirvió también de escondite a nuestro espíritu aventurero y rebelde: agazapados dos o tres niños en el pasillo detrás de la puerta del cuarto de estar, asistíamos nada menos que a… ¡películas de dos rombos! ¡Dios mío, eso sí que era una misión peligrosa! ¡UNA PELÍCULA DE DOS ROMBOS, estábamos arriesgando demasiado! Ciertamente, podía más la ilusión de saber que estábamos viendo algo que nos estaba prohibido que realmente la película en sí misma, porque para ver la pantalla de la televisión debíamos esquivar las sillas y la mesa grande, así que en realidad la película quedaba reducida a la banda sonora y algún medio beso de los protagonistas que desataba en nosotros una risita pícara que en ocasiones nos delataba… Para mí, niña buena y obediente en demasía, aquello ya entraba en el campo de lo prohibido, de modo que participé poco en esta actividad furtiva; sin embargo, mi hermana pequeña, Paloma, se atrevía a todo con valentía y sin temor a ser descubierta… ¡cómo envidiaba su valor!


En aquel pasillo hicimos realidad aquella frase que decía mi madre cuando no estaba muy contenta precisamente con nosotros: “¡Estoy que me subo por las paredes…!”. Mi hermano, de ojos oscuros y traviesos con largas pestañas, era el auténtico artista, el más intrépido escalador, el más hábil equilibrista…  con los brazos en cruz en medio del pasillo, apoyaba las palmas de las manos en las paredes opuestas, y soportando en ellas el peso de su cuerpo, iba subiendo por las paredes poco a poco, primero un pie y luego el otro, hasta tocar con la cabeza en el techo. El súmmum del juego era… ¡plantar toda la palma de la mano en el techo! Hasta hace pocos años para mi madre fueron un misterio esas manchas en forma de manos humanas diminutas que había en el techo del pasillo… ¿Será algo parecido a las caras de Bélmez?, a buen seguro se preguntó ingenua mi madre más de una vez… 

2 comentarios:

  1. Bonito recuerdo. Alguna vez atravesé ese pasillo.
    Gracias por el movimiento generado. Haré mi parte para mantenerlo lo más vivo posible.
    Cuando vuelva a Málaga escribiré el relato prometido. Por cierto que fue Victoria y no Carmen. Hable,gracias a ti, con Carmen.

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  2. Por favor, envíamelo cuando lo tengas. Me gustará leerlo.
    Me alegro mucho de habernos reencontrado con toda la familia. Un beso,

    Geles

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