Autora: Ángeles del Castillo Aguas

jueves, 17 de marzo de 2016

Orgullosa de mi segundo apellido: Aguas

Recientemente he empezado a colaborar con una revista online en la que tengo la gran suerte de poder escribir sobre lo que quiera. Soy libre. Cuando me enviaron mi primer artículo maquetado para que le echara un vistazo en busca de posibles errores o erratas, que todo es posible, reparé en que figuraba solo con mi primer apellido. Sentí que algo faltaba, que aquella persona que firmaba como autora no era yo, solo era una tal Ángeles del Castillo. Faltaba algo muy importante, faltaba la mitad de mi yo, la mitad de mi personalidad: mi segundo apellido.


Cómo podía obviar el apellido de mi madre, una mujer fuerte y avanzada para su tiempo que se vio obligada, por las circunstancias históricas y sociales del momento, a abandonar su profesión para dedicar a sus hijos todos sus días con todas sus horas.

Guadalupe, que así se llama mi madre, nació poco antes de la guerra civil, y vivió una infancia todo lo feliz que podía ser en aquellas circunstancias. Vivía con sus padres en el madrileño barrio de Cuatro Caminos, y fue allí donde pasó los años de la guerra. Son muchas las veces que nos ha contado que en ocasiones se tenían que esconder en la casa y alejarse de las ventanas porque había peligro de balas perdidas… era como jugar.

Años después de la guerra, mi madre estudió una carrera: Perito Mercantil. Era una de las pocas mujeres de su promoción; de las pocas y de las más jóvenes, pues tenía compañeros de promoción que ya habían sobrepasado con creces la treintena. Y comenzó a trabajar en la misma empresa que su padre, mi abuelo Faustino. Si bien es cierto que ingresó en la compañía por ser hija de un empleado, pronto demostró que era muy diligente en todas sus tareas, de modo que se fue promocionando. Puedo decir con orgullo que mi madre fue una de las primeras personas en España que trabajó con un ordenador IBM; incluso le propusieron desplazarse a Londres para aprender el manejo de aquellas complejas máquinas que dominarían el mundo. Desgraciadamente, esto no fue posible, porque a mis abuelos les pareció una idea descabellada: ¡Cómo iban a dejar que su hija se fuera sola a Londres! Y esta fue la primera puerta que se cerró en su carrera profesional.

Precisamente en esta empresa conoció a Paco, mi padre, con el que se casaría algunos años después, pese a la oposición de mis abuelos, que no veían con buenos ojos aquella unión. A pesar de todo, mi madre se armó de valentía y se rebeló: no iba a dejar que de nuevo sus padres le cerraran un camino que ella quería recorrer.

Como era costumbre en aquellos tiempos –hablamos de los años cincuenta–, al contraer matrimonio, mi madre tuvo que dejar de trabajar… muy a su pesar. Sé que mi madre hubiera sido muy feliz si la hubieran permitido seguir trabajando, desarrollando su profesión, pero no pudo ser.

En los años siguientes fuimos naciendo sus siete hijos, a los que crió y educó con todo su esfuerzo y trabajo. Yo en su lugar habría vivido en una especie de furia permanente con la vida, pero ella sintió que tenía el poder de cambiar las cosas, de hacer que sus hijos vivieran otra realidad muy distinta de la suya. Mi madre nos educó para que fuéramos dueños de nuestra vida, de nuestros pensamientos, para que fuéramos independientes y libres, en fin, todo aquello que ella no había conseguido para su propia vida. Nos enseñó también a ser responsables, serios y comprometidos con todo aquello que emprendamos y con todas las personas con las que compartimos el camino. Nos enseñó que todo lo que empecemos, debemos terminarlo. Y nos enseñó un sentimiento que parece que hemos inventado hace dos días: empatía.

¿Cómo no estar orgullosa de mi segundo apellido?

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